"Invasión", "acto de guerra", "asalto", "ataque", "guerra híbrida". Hay que "militarizar permanentemente la frontera", "defender" la soberanía e incluso "cazar" uno a uno a quienes consiguieron cruzarla. En apenas unos días, la llegada de decenas de miles de personas desde Marruecos a Ceuta desató una competición por ver quién encontraba la metáfora bélica más gruesa. Santiago Abascal denunció una "invasión" y un "acto de guerra"; José María Figaredo pidió "cazar" a los "invasores"; Isabel Díaz Ayuso habló de una "invasión intolerable" y Alberto Núñez Feijóo proclamó que "la integridad territorial de España no se negocia, se defiende".PublicidadPero la gramática militarista desbordó rápidamente las fronteras de la derecha. Alan Barroso presentó lo ocurrido bajo el título Marruecos ataca a España y habló de la inmigración como "arma de presión geopolítica"; desde las páginas de El País, Lluís Bassets la situó dentro del "arsenal de los conflictos asimétricos y de las guerras híbridas", llegando a advertir de "pruebas preliminares" antes de un posible "ataque definitivo"; y la ministra de Defensa, Margarita Robles, declaró en Ceuta que cualquier intento de traspasar la frontera sería considerado "un ataque al resto de España".La retórica belicista de "las invasiones bárbaras" que han hecho suya desde la derecha hasta ciertos sectores del progresismo, presentando la llegada de miles de personas como un "ataque a la integridad territorial" o incluso como una invasión. Denota una forma de abordar los movimientos migratorios desde una perspectiva securitaria que evita enunciar la crisis social que refleja la situación, apelando a una respuesta militar y no humanitaria. Cambiaba el enemigo —para unos eran los propios migrantes; para otros, Mohamed VI—, pero se mantiene una misma gramática: España era atacada, la frontera se convertía en frente y decenas de miles de personas quedaban transformadas en un arma.La retórica militarista ante los fenómenos migratorios no es nueva en la Europa Fortaleza. De hecho, ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea. Se trata de las mismas compañías de defensa y seguridad que se lucran vendiendo armas a la región de Oriente Medio y África, alimentando los conflictos que son la causa de la que huyen muchas de las personas que llegan a Europa buscando refugio. Las mismas empresas que luego proporcionan el equipamiento a los guardias fronterizos, la tecnología de vigilancia para monitorizar las fronteras y la infraestructura tecnológica para realizar el seguimiento de los movimientos de población. Todo un "negocio de la xenofobia", en palabras de la investigadora francesa Claire Rodier.Un negocio que, dada su opacidad y sus márgenes difusos, cuenta con cada vez más partidas presupuestarias en la UE disfrazadas de ayuda al desarrollo o de "promoción de buena vecindad". De hecho, podríamos decir que lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase.PublicidadLa propia Frontex ya señaló a Bielorrusia en 2021 por permitir los cruces ilegales de la frontera hacia Polonia y Lituania, acusándola de utilizar los flujos migratorios como "arma política" con la intención de desestabilizar a la UE. Una estrategia que analistas del Centro de Excelencia de Amenazas Híbridas de la UE y la OTAN no dudaron en situar como parte de las llamadas guerras híbridas. Incluso se llegó a dar un importante debate en el seno de la Alianza Atlántica sobre si este tipo de actos híbridos podían invocar el artículo 5 de la OTAN, que estipula la defensa mutua. No sabemos cómo ni hasta qué punto terminó ese debate en el marco de la OTAN; lo que sí ha sucedido es que la Alianza Atlántica mandó diversos batallones disuasorios a cada país báltico (Estonia, Letonia y Lituania), además de a Polonia, mientras los países de la UE comenzaron la construcción de nuevas vallas fronterizas de concertinas en los cientos de kilómetros de la frontera comunitaria con Bielorrusia.En el caso reciente de Ceuta, la categoría de "guerra híbrida" ha sido la que más consenso ha generado, no quedando confinada a la extrema derecha, sino atravesando desde Podemos hasta Vox, pasando por dirigentes del PP, exresponsables de inteligencia y medios de comunicación. Sobra decir que entre unos y otros cambia radicalmente la conclusión política que extraen de esa categoría. Pero no deja de ser extremadamente peligrosa la coincidencia en el concepto de "guerra híbrida" para categorizar los movimientos migratorios. Evidentemente, hay intereses geopolíticos en juego en la llegada de miles de personas de forma simultánea a la ciudad de Ceuta, más aún cuando el régimen autocrático marroquí no ha dudado en utilizar la vida de su propia gente de forma reiterada, abriendo o cerrando los controles fronterizos para los que pagamos ingentes cantidades de dinero europeo.Pero, si de lo que se trata es de encontrar culpables, primero tenemos que mirar allá donde nadie ha querido señalar: un régimen fronterizo que criminaliza la libertad de movimiento de las personas empobrecidas, convirtiendo a Europa en una auténtica fortaleza. Personas que huyen de la miseria —no podemos olvidar que nos encontramos ante una de las fronteras más desiguales del mundo—. Nadie se juega la vida si no entiende que en su país no tiene futuro. Así, la securitización de las políticas migratorias es una dinámica que, como señala Tomasz Konicz, es consustancial al imperialismo en crisis del siglo XXI, que ya no es solo un fenómeno de saqueo de recursos, sino que también se esfuerza por aislar herméticamente a los centros de la humanidad superflua que el sistema produce en su agonía. De modo que la protección de las relativas islas de bienestar que aún subsisten constituye un elemento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge.PublicidadDesde hace dos décadas, con el nacimiento de Frontex como fecha clave, venimos asistiendo al desarrollo de todo un sistema europeo de control de los flujos migratorios en clave securitaria que lleva su jurisdicción más allá de las fronteras de la propia UE, actuando en aguas internacionales y en países en tránsito, y estableciendo acuerdos con los países de origen para que controlen la salida de personas de sus propias costas a modo de subcontratación de fuerzas policiales en países no europeos. Un efecto de "estiramiento territorial" que rompe con la idea clásica del gendarme de (la propia) frontera física para evolucionar hacia el actual modelo de externalización fronteriza. En él, dictaduras como la marroquí han sido contratadas para reducir por todos los medios —el asesinato de cincuenta personas en la valla de Melilla en 2022 es el ejemplo más palpable— el número de personas que cruzaban las fronteras europeas.De hecho, es curioso que la crítica más frecuente entre el progresismo y la derecha sea que Marruecos no cumpla la parte del contrato que lo convierte en gendarme de nuestras fronteras, o incluso que se escandalicen porque el majzén utilice geopolíticamente su papel como gestor de los flujos migratorios. Pero nadie cuestiona la política criminal de externalización de fronteras, que no solo reprime a las personas que deciden migrar, sino que nos hace cómplices de la dictadura y de su política de ocupación del Sáhara Occidental.No deja de ser paradigmático de esta retórica belicista que, en vez de asegurar un pasaje seguro para miles de víctimas que huyen de la guerra, la miseria o el cambio climático, las instituciones y los gobiernos europeos estén respondiendo con un fortalecimiento de las políticas securitarias y de externalización de fronteras. Porque la primera pregunta ante la llegada masiva de personas de estas semanas a Ceuta es clara: si existieran formas seguras y regulares de entrar en Europa, ¿alguien se jugaría la vida cruzando a nado hasta Ceuta?Quizá por eso convenga volver sobre la vieja imagen de las "invasiones bárbaras". No tanto para describir a quienes llegan, sino para señalar el modo en que Europa vuelve a imaginarse a sí misma: una civilización sitiada, una fortaleza amenazada por "los barbaros" que supuestamente vienen a conquistarla. La metáfora no es inocente, conecta la retórica complotista de la extrema derecha del gran remplazo con la creciente securitizacion de las fronteras por parte de la Unión Europea y sus estados miembros. Convirtiendo a quienes migran en una amenaza colectiva, borra sus historias, sus causas y sus derechos, y permite presentar como defensa lo que en realidad son políticas de exclusión, violencia y muerte. Porque quizá el problema no esté en quienes llegan a nuestras puertas, sino en la fortaleza que hemos construido para mantenerlos fuera.