Marruecos ya no quiere ser el gendarme de Europa. En realidad, nunca quiso serlo. Y tiene razones para ello. En Ciencia Política explicamos que los componentes del Estado son el territorio, la población y la soberanía. Por tanto, una de las responsabilidades del Estado es la gestión de sus fronteras para garantizar la integridad y la seguridad de su propio territorio. En cambio, la vigilancia de las fronteras para dar respuesta a preocupaciones de seguridad de terceros países no es una las atribuciones clásicas del Estado. Menos aún lo es permitir el ejercicio de funciones soberanas a terceros países dentro de tu territorio.

Ahora bien, ¿qué sucede con las fronteras compartidas con otro Estado? En este caso parece razonable hablar de una responsabilidad compartida en la gestión de las fronteras de Ceuta y Melilla. Lo fundamental es bajo qué principios y criterios se producen las negociaciones para abordar esa responsabilidad compartida. Un esquema horizontal de diálogo es la mejor fórmula para evitar conflictos. La realidad dista mucho de esto debido a la externalización del control migratorio, entendida como el proceso por el que la Unión Europea traslada a los países de origen y tránsito el control de fronteras para evitar que la migración llegue a su territorio. Es una forma de desplazar la frontera europea más allá de sus propios límites territoriales. En el caso de la Unión Europea y Marruecos, la externalización nace de una asimetría de poder. Es la agenda de la seguridad europea, que vincula la migración con la inseguridad, la que se impone en todo este proceso. Esta agenda nunca fue ni una iniciativa ni una prioridad marroquí, sino que responde al exclusivo interés de la parte europea.