La playa es la misma, tú no. Un año te encanta ‘Humor amarillo’ y al otro, las películas de instituto en las que el malote baila con la empollona

Cuando eres niño, de un verano a otro pasan millones de cosas, como en el último día del año del calendario cósmico de Carl Sagan, que contiene nada menos que toda la historia de la humanidad. Los cambios físicos quedaban registrados en las fotografías de las vacaciones; en esas marcas que algunos padres iban haciendo en la pared para medir a su prole; en el bañador que ya no te servía… La playa era la misma, tú no. Y para observar los cambios internos, la televisión funcionaba como un microscopio de alta precisión.

Un verano te seguías despertando temprano para ver los dibujos animados. Al otro te aburrían y lo que te gustaba era ver los trompazos que se daban en Humor amarillo, y al siguiente los pobres concursantes de aquellas yincanas salvajes te daban una pena terrible y lo mejor que te podía pasar era que pusieran en la tele una serie o película de instituto con su buen baile de fin de curso; una de algún romance en vacaciones (tipo Dirty Dancing) o una que combinara ambas, como Grease. En el medio, es decir, durante el otoño, el invierno y la primavera, había sucedido algo muy importante: tu prioridad en la vida ya no era divertirte, sino enamorarte. En la playa, en el campamento, cinco minutos después de que sonara el timbre y dijeran: “¿Puede bajar Natalia a jugar?”. Y no de cualquiera, sino del protagonista: el malote.