El próximo 9 de septiembre, a las diez de la mañana, joyeros, comerciantes y empresarios podrán presentarse en Moscú para pujar por diamantes naturales procedentes del Gokhran. Esta institución, dependiente del Ministerio de Finanzas, custodia y gestiona el Fondo Estatal de Metales y Piedras Preciosas de Rusia, una reserva estratégica compuesta por oro, platino, diamantes, joyas y otros objetos de gran valor propiedad del Estado. El Gokhran organiza habitualmente este tipo de subastas, pero esta convocatoria tiene una particularidad. Será, según la documentación pública disponible, la primera en la última década dedicada específicamente a diamantes de 10,8 quilates o más, considerados oficialmente piedras de “tamaño especial”. Por grandes que sean, unos cuantos diamantes difícilmente van a resolver las cuentas de Vladímir Putin. Sin embargo, la subasta refleja un momento en el que las autoridades rusas están rebuscando en cada vez más rincones del Estado. Otro ejemplo, sin salir del joyero, es que durante los seis primeros meses de 2026, las reservas oficiales de oro del país se redujeron en 43,5 toneladas, la mayor caída semestral registrada en al menos un cuarto de siglo. Un vistazo a las cuentas públicas —que de por sí tienden a camuflar la gravedad real de los problemas económicos del país— deja pocas dudas sobre la causa de esta búsqueda de liquidez. Rusia cerró el primer semestre con un déficit federal de unos 5,7 billones de rublos (60.000 millones de euros), equivalente al 2,5% del PIB. Este desequilibrio también coincide con un estancamiento general de la economía rusa. Entre enero y mayo, el PIB creció apenas un 0,3% interanual y el Banco Central ha rebajado su previsión para 2026 a una horquilla de entre el 0% y el 1%, mientras espera una inflación superior al 6%. Uno de los factores que explican el agujero en las cuentas es la reducción de los ingresos procedentes del petróleo y gas, que cayeron un 23% interanual en el primer semestre de este año. La campaña ucraniana de ataques con drones contra refinerías e instalaciones energéticas rusas ha llegado a dejar temporalmente fuera de servicio entre el 30% y el 45% de la capacidad refinadora del país, provocando problemas de suministro interno y limitando las exportaciones. Ni siquiera el repunte global de los precios internacionales del crudo y sus derivados provocado por la guerra en Irán ha sido suficiente para compensar el daño a su capacidad productiva. El otro lado de la balanza es el gasto militar, que no ha dejado de aumentar a medida que la guerra se prolonga. En los primeros meses de 2026, el desembolso vinculado al esfuerzo bélico creció alrededor de un 16% interanual. Moscú no solo tiene que seguir comprando armamento y munición. También debe reponer pérdidas materiales cada vez mayores, sostener fábricas que trabajan a ritmos excepcionales, pagar salarios crecientes para evitar que el sector de defensa pierda mano de obra y, sobre todo, seguir encontrando hombres para el frente. TE PUEDE INTERESAR El objetivo oficial para 2026 es incorporar unos 409.000 soldados por contrato, alrededor de 34.000 al mes. Conseguirlos obliga a ofrecer primas de incorporación y sueldos que, en muchas regiones, multiplican varias veces los ingresos habituales de un trabajador civil. Cuando algunas administraciones regionales (como Tatarstán, Samara o Chuvashia) recortaron esas ayudas en 2025, el número de reclutas cayó drásticamente y tuvieron que restaurarlas pocos meses después. El fin del dinero 'fácil' Todo esto explica el incremento del déficit. La pregunta es: ¿qué puede hacer el Kremlin para atajarlo? Agathe Demarais, investigadora del European Council on Foreign Relations y experta en economía rusa, sostiene que Moscú todavía dispone de un amplio margen para movilizar recursos. El problema es que las fuentes de financiación que le quedan son cada vez más incómodas. El Kremlin comenzó cargando buena parte del esfuerzo bélico sobre las grandes fortunas y las empresas. Entre comienzos de 2022 y finales de 2025, la Fiscalía rusa presentó demandas para transferir al Estado activos privados valorados en alrededor de 60.000 millones de dólares. A ello se sumó la subida del impuesto sobre beneficios empresariales del 20% al 25%, con la que Moscú esperaba obtener unos 19.000 millones de euros adicionales al año. Una cifra elevada, pero que al mismo tiempo equivale a menos de dos meses del actual gasto militar. Después llegaron las grandes compañías estatales. Gazprom, el coloso gasístico que antes de la guerra aportaba alrededor de una décima parte de los ingresos federales, tuvo que entregar al Estado en 2022 el equivalente a unos 72.000 millones de dólares, prácticamente todo su beneficio del ejercicio anterior. Moscú consiguió ingresos inmediatos, pero a costa de reducir el margen financiero de una de sus principales empresas públicas. En 2023, atrapada entre un gobierno que cada vez exigía más rublos y la pérdida de prácticamente todos sus clientes europeos, Gazprom registró su primera pérdida anual en casi un cuarto de siglo. TE PUEDE INTERESAR Las regiones asumieron otra parte de la carga. Son ellas las que financian buena parte de las primas para captar soldados, las indemnizaciones a las familias de los muertos y otros gastos derivados de la guerra. En 2025, 73 de las 89 entidades que Rusia contabiliza como regiones —y que incluyen los territorios ocupados en Ucrania— cerraron con déficit, frente a 49 un año antes. Cuando esas vías no bastaban, el Kremlin ha recurrido a la deuda mediante la emisión de bonos soberanos. El problema es que Rusia tiene prácticamente cerrado el acceso a los mercados internacionales por las sanciones occidentales y depende sobre todo de inversores nacionales. Pero ese mercado interno está dando señales claras de agotamiento. En junio y julio de este año, el gobierno tuvo que cancelar tres de cuatro subastas de deuda por falta de demanda suficiente y terminó suspendiendo temporalmente las colocaciones. Todo esto ha dejado al gobierno de Putin ante la fuente de financiación más delicada de todas, los hogares rusos. Como señala Demarais, desde enero, el IVA ha subido del 20% al 22%, una medida que Moscú vinculó expresamente a las necesidades de defensa y seguridad y con la que espera recaudar unos 11.000 millones de euros al año. A ello se suma el aumento previsto de las tarifas reguladas de gas, electricidad y calefacción, que el Gobierno calcula en un 27,9% acumulado entre 2026 y 2028, muy por encima de la tasa oficial de inflación. TE PUEDE INTERESAR Las cuentas de los ciudadanos rusos ya empiezan a resentirse. Según estimaciones de la Escuela Superior de Economía, uno de los principales institutos rusos de análisis macroeconómico, la renta disponible ajustada por inflación y pagos obligatorios se situó en junio un 0,23% por debajo del nivel de finales de 2025, mientras los salarios reales habían caído un 0,15% en mayo. El cambio es pequeño en magnitud, pero al mismo tiempo rompe con una racha de tres años de crecimiento que había supuesto uno de los principales amortiguadores sociales de la guerra. El aumento constante de los salarios, provocado por la escasez de trabajadores —Rusia cuenta con una tasa de desempleo del 2,1%, un mínimo histórico— y la competencia de la industria militar, parece estar llegando a su fin, incapaz de seguir el ritmo de la inflación. Las empresas civiles se están quedando sin margen. Entre 12.000 y 15.000 compañías cierran cada mes por razones económicas, según datos de Sberbank, y una encuesta de la patronal rusa muestra que el 40% de las grandes compañías ya está recortando costes de personal, mientras un 11% prevé reducir plantilla y un 8% bajar salarios. Con estos factores en mente, no sorprende que un 56% de los rusos asegure que su nivel de vida está empeorando y que un 60% crea que la economía va a peor, según Gallup. Aun así, son porcentajes relativamente contenidos para un país que lleva más de cuatro años desangrando población, recursos y cuentas públicas en una guerra que el Kremlin sigue llamando “operación militar especial”. El gran logro político de Putin ha sido mantener durante tanto tiempo la idea de que el conflicto podía quedar confinado al frente, lejos de la vida cotidiana de la mayoría. Pero ahora, cuando la invasión se dirige hacia su quinto año, las grietas en ese relato se están volviendo imposibles de camuflar. La guerra ya se nota en los impuestos, las facturas y, aunque viva usted en Moscú, en ese dron ucraniano que se dirige hacia su refinería más cercana.