En una de sus frases más recordadas, Diego Maradona dijo aquello de que la pelota no se mancha. Aunque él se refería a la capacidad que tiene el fútbol de que el aficionado, llevado por la pasión, olvide las turbulentas historias que rodean a quienes lo practican, la idea es aplicable al ámbito organizativo. La pelota, podría haber proseguido el Diego, tapa también a quienes están detrás del negocio.
Ser anfitrión de un Mundial o de unos Juegos Olímpicos trae consigo una alegría desaforada, a veces irreflexiva. Muestra de ello fue Brasil, que gastó más de US$14.000 millones, el doble de lo presupuestado, en organizar su Mundial a pesar de las protestas de quienes reclamaban que el país debía tener otras prioridades. Tampoco importaron las sistemáticas violaciones de derechos humanos en Rusia en 2018, ni las 6.500 personas migrantes muertas que, según una investigación de The Guardian, hubo en Qatar en los preparativos para el Mundial de 2022. En este de 2026, la injerencia de EE.UU. como anfitrión llegó al extremo de que se le retirara una sanción a un jugador estadounidense tras una llamada del presidente del país, Donald Trump, a su homólogo de la FIFA, Gianni Infantino. El Mundial de 2030, que organizarán España, Portugal y Marruecos (con algunos partidos en Uruguay, Paraguay y Argentina), carecía casi de detractores. Hasta ahora.












