Mi abuela Lenita era una persona fantástica. Guapa a rabiar, rubia natural, divertida, piadosa, elegante, risueña y cariñosa. Siempre estaba de buen humor y tenía una palabra amable para todo el mundo. Hija de un guardia civil y una niña bien de Mieres, resulta que se fue a casar con un comunista. Juntos tuvieron una vida dura llena de privaciones y renuncias hasta que llegó la democracia, pero siempre consiguieron verle el lado bueno a la vida. Yo la adoraba, forjamos entre las dos un vínculo especial e irrompible a pesar de nuestras notorias diferencias: ella devota, yo atea, ella de derechas, yo roja como mi abuelo, ella sociable, yo huraña como una buena adolescente de los noventa. Las dos amábamos la moda, las películas de terror y las historias de crímenes. Lenita era además una mujer muy confiada. Nunca sospechaba de nadie y le abría la puerta a todo el mundo. Más de una vez le intentaron estafar falsos cobradores de recibos o revisores del gas. Menos mal que siempre consultaba todo antes con mi padre. Pero lo que más miedo nos daba era que alguien se aprovechara de este rasgo suyo de carácter, una muestra más de que era una bella y buena persona, para entrar en su casa y le hiciera daño o le robara lo poco que tenía. Mi abuela Lenita era un ser excepcional y la querré y la recordaré hasta el último segundo de mi vida, pero si hubiera tenido la desgracia de ser una de las desafortunadas dieciséis mujeres asesinadas por José Antonio Rodríguez Vega, hubiera dejado de ser Lenita y se hubiera convertido, para la prensa y la crónica criminal, simplemente en "una vieja", en un arquetipo, en una caricatura, en una nadie.PublicidadQue los dos extremos de la vida -la infancia y adolescencia y la ancianidad- son una molestia en esta sociedad que tiene la productividad y la capacidad de consumo como las dos únicas varas de medir la importancia, utilidad y valor de un ser humano, no es un secreto. Afortunadamente todavía vemos la muerte de una criatura o una persona joven como una tragedia, como un hecho contranatura que nos estremece –salvo la de aquellos que se ahogan en el Mediterráneo intentando llegar a Europa en patera o los que mueren bajo las bombas de Israel, del gobierno etíope o de hambre en Sudán-. Sin embargo la muerte de un anciano nos parece algo tolerable, menos luctuoso, menos trágico. Por eso los muertos de las residencias madrileñas durante la pandemia no parece que hayan sido nunca dignos de recibir justicia -de la que se imparte, o impartía, en los tribunales, pero también política- ni sus familias merecedoras de algún tipo de reparación. Como la muerte es el colofón de la vida, y la vejez su última etapa, morir a una edad provecta nos parece una bendición. Lo que no impide que la defunción de un anciano siga siendo un golpe muy duro para aquellos que le amaban, por muy natural, e incluso plácida, que esta haya sido. Pues esa persona seguía siendo, hasta su último aliento, un ser humano completo, complejo, con un pasado, una mente propia, unas vivencias y una vida insustituibles, únicas e irrepetibles. Y a pesar de ello seguimos sin prestar atención a la muerte de la gente mayor salvo cuando nos afecta personalmente. Aunque esa muerte haya sido el resultado de un accidente, una negligencia o un crimen.Porque no nos importan los ancianos, nos resultan molestos, un incómodo recordatorio de lo que algún día seremos, si tenemos suerte y vivimos lo suficiente. A la llamada tercera edad -al igual que hacemos con la juventud- le achacamos mucho de lo que va mal: les culpamos del problema de la vivienda, les echamos en cara sus pensiones y hasta los usamos de excusa para atacar a las personas migrantes. Pero si hay algo mucho peor que un anciano es una mujer vieja.Y es que no hay pecado más imperdonable en una mujer que cumplir años y seguir empeñada en vivir. Las mujeres no somos ancianas ni mayores, somos viejas. En cuanto una mujer se aleja, aunque sea un milímetro, de la dictadura de la normatividad patriarcal: joven -o al menos en apariencia- y delgada, esto es, como mero objeto de contemplación y deseo masculino, deja de ser una mujer y se convierte en un estorbo, en un excedente, en un ser invisible, en una vieja.Deshumanizadas, anónimas, invisibilizadas y, en la mayoría de las ocasiones, solas, las ancianas siguen, a día de hoy, siendo uno de los sectores sociales más vulnerables. Una presa fácil para todo tipo de depredadores. Como así ocurrió en el Santander de finales de los años ochenta cuando un asesino en serie, un depredador sexual sin escrúpulos, José Antonio Rodríguez Vera, acabó con la vida de al menos dieciséis de ellas. Lo hizo sin levantar sospechas porque sabía que sus víctimas no le importaban a casi nadie.PublicidadCondenado a veintisiete años de prisión por violación en 1978, Vega solo cumplirá cinco años de su condena, pues consigue que todas sus víctimas, excepto una, le perdonen, y como el Código Penal Español anterior al de 1995 contemplaba esta posibilidad como eximente en varios delitos, incluidos los relacionados con los abusos sexuales, en 1984 es un hombre completamente libre. Pero Vega ha aprendido bien la lección y mientras aparenta ser un hombre respetable, casado en segundas nupcias, muy educado y trabajador, alguien que se ha reinsertado completamente, ha entendido que si pone sus ojos en un objetivo más vulnerable y no deja testigos, no volverá a pisar la cárcel. Vega se aprovecha entonces de su apariencia, buenos modales y su don de gentes para ganarse la confianza de sus nuevas víctimas, mujeres ancianas que viven solas y que no sospechan que alguien, mucho menos alguien como Vega, les quiera hacer daño.A finales del año 87 el Diario Montañés, tras una intensa y exhaustiva investigación periodística, es el único medio que se interesa por una serie de extrañas muertes que hasta el momento no habían levantado ninguna sospecha. Pero como tanto el perfil de las víctimas como las circunstancias de sus muertes guardaban innegables coincidencias entre sí, los periodistas llegaron a la inevitable conclusión lógica de que lo más probable es que todas ellas hubieran sido asesinadas por la misma persona. Sin embargo las autoridades cántabras negarán categóricamente la existencia de un asesino en serie en Santander. Lo que no evita que el miedo y la alarma se extienda por toda la ciudad. Y será esta presión social lo que obligará a las autoridades y a las fuerzas del orden a investigar unas muertes que, a pesar de la brutalidad de las mismas, pues todas estas mujeres mostraban claros signos de lucha e indicios de agresión sexual -algunos de los cuerpos incluso se descubrieron desnudos- y con marcas en el cuello que indicaban que fueron estranguladas, fueron despachadas como naturales.El 19 de mayo de 1988 Vega será arrestado, el ADN, el modus operandi y la confesión del criminal no dejarán lugar a dudas sobre su culpabilidad. Durante el registro de su casa los investigadores descubrirán la existencia de una habitación llena de trofeos -rosarios, flores de plástico, pequeñas televisiones- pertenecientes a sus víctimas. Muchos de esos objetos serán mostrados a las familias de varias mujeres halladas muertas en sus domicilios, que los identificaron sin dudar como pertenecientes a sus madres, hermanas, primas y amigas. La cifra oficial de víctimas de Vega asciende a dieciséis mujeres -algunos investigadores y expertos en el caso creen que pueden ser muchas más-, aunque solo conocemos el nombre de cinco de ellas: Margarita González, Carmen González, Natividad Roblero, Carmen Martínez y Julia Paz Fernández.PublicidadCuando la noticia de la detención de Vega, y el alcance de sus crímenes se hace pública, la sociedad española no sale de su asombro, pues pocos podían sospechar que en estas tierras se pudiera dar la existencia de un asesino en serie como los que se creía que solo existían en las películas americanas. Vega se convirtió así en el protagonista principal de la crónica criminal patria: había nacido el "mataviejas". Y así, de un plumazo, sus víctimas quedaron relegadas a meras anécdotas, reducidas a su edad, infantilizadas, invisibilizadas. El foco se puso sobre el asesino y no sobre sus víctimas. Se elaboraron teorías complejas sobre su mente mientras se ignoraba la vulnerabilidad de sus víctimas y el abandono social que sufren las personas, especialmente las mujeres, mayores. Los detalles de la infancia de Vega fueron diseccionados al detalle, pero nadie se preguntaba cómo fue posible que unas muertes tan violentas no hubieran levantado sospechas.El 24 de octubre del 2002 Vega fue asesinado en la prisión de Topas, Salamanca. A pesar del revuelo que levantó su detención, en la actualidad su nombre ha pasado casi al olvido. El mismo olvido que sufrieron sus víctimas en su momento, el mismo que aún siguen sufriendo la mayoría de las personas ancianas de este país, sobre todo las mujeres, condenadas a ser, simplemente, unas viejas.