Al mismo tiempo que Felisa hacía la mudanza, convertía aquel traslado en una verdadera declaración de resistencia. Tras su último ingreso hospitalario en Cáceres, decidió que el final de su vida no podía desarrollarse lejos de su origen. Eligió regresar a la casa donde nació, al lugar donde aprendió lo que significaba una familia y donde, con los años, disfrutó en pequeñas dosis de la suya propia. Este regreso no ha sido por simple nostalgia, sino con la convicción de que si le quedaba un capítulo por vivir, quería hacerlo allí donde todo empezó; en su pueblo, en Torrejoncillo.
Su rutina en el pueblo cacereño está lejos de la soledad que tantos temen en la vejez. Su día a día es una coreografía de cuidados y afecto. El servicio de enfermería a domicilio del centro de salud de Torrejoncillo mantiene a raya su salud, combinando la medicina moderna con la cercanía de quienes conocen su nombre y su historia.
En casa, Margarita —su cuidadora interna, colombiana— es mucho más que apoyo doméstico ya que además de compañía, es su confidente y amiga. Y los fines de semana, cuando ella descansa, otra Margarita, también de Colombia y con la misma calidez y profesionalidad, toma el relevo. Una coincidencia que parece confirmar que el destino de Felisa está sostenido por manos generosas y corazones abiertos. “Son una maravilla mis dos Margaritas, limpias, trabajadoras, ordenadas y me quieren mucho. Sin ellas, todo esto no sería posible”.








