Rosarín me pidió que no la olvidara y yo la había olvidado. Rosarín tiene 88 años, está casi ciega y vive sola. La conozco desde que a los diecisiete años esperaba a mi novia en el portal de ese edificio de protección oficial franquista en el que vive. Antes la fachada tenía una placa vieja con yugos y flechas. Ahora tiene otra placa que, traducida, viene a decir: la democracia ya no hace pisos sociales para gente humilde pero condena la dictadura. Más o menos. Rosarín, que durante medio siglo ha sido la vecina del primero para la familia de mi pareja, me pidió que no la olvidara cuando me despedí de ella. Yo la visito de vez en cuando. Voy, le cuento mis historias y veo el asombro reverdecer en unos ojos llenos de niebla que ya solo ven eso: sombras, bultos, algún asombro ocasional. Por la escalera me dijo: no m’oblides, Paco. En ese instante me propuse que iría más a menudo a visitarla. Una vez al mes, qué menos. Pero desde Navidad que no iba. Las excusas, la culpa, el remordimiento. Esta semana he vuelto. Su padre murió en la guerra, nadie sabe dónde ni ya nunca lo sabrá. Su madre era criada de unos señoritos y vivían en el semisótano de un caserón: de niña penumbras, de anciana tinieblas. A los doce años ya había dejado la escuela y trabajaba de costurerita con el hilo, la aguja y el dedal infantil en el dedo corazón. Una vida dura, digna, eclipsada por el desarrollismo de un país amnésico. Mi asombro, cuando la escucho, es mayor que el suyo. Al marcharme de su casa esta semana, otra vez por la escalera, Rosarín me dijo: Vuelve pronto, que con una hora nos apañamos. Una hora. Solo pedía una hora. Un mes tiene 720 horas. Y entonces yo pensé en ella, en la vejez, en la soledad. Y pensé en mis padres. Cuántas veces los llamo por teléfono. Cuántas más podría hacerlo. Ya en casa encuentro un estudio que dice que los hijos españoles son los que más llaman a sus padres de toda Europa —de dos a tres veces por semana—. Que las mujeres llaman a sus padres casi el doble que los varones. Y que es en esa franja de combustión que une crianza y trabajo cuando más se deja de llamar a los padres. Luego leo a una experta que considera que la frecuencia de las llamadas es una mala métrica para evaluar una relación y que la obligación —impuesta o autoimpuesta, presión paterna y culpa filial— suele ser contraproducente. A continuación descubro que el mensaje de “buenas noches, mamá” ha pasado a ocupar un lugar central en la dinámica familiar.Cuando la vida atropella y llega la noche y parece tarde para coger el teléfono, me acuerdo de un amigo que perdió a su madre demasiado joven. Hace tiempo me dijo que el mayor error que podía cometer en mi vida era no hablar cada día con mis padres. Él daría lo que fuera por hablar de nuevo con los suyos. A veces la sensatez no cabe en los estudios. A veces es a través de la niebla de unos ojos agradecidos cuando se ve claro. Hola, mare, com estàs?