Viendo la exhumación de Franco en 2019 me emocioné. De repente entendí aquel silencio de mis abuelos

Recuerdo el día de la muerte de Franco. Lo veo en gris. Quizá porque el recuerdo me lleva a Santander, la lluviosa ciudad en la que nací. Por segunda vez en mi corta vida mi padre me acompañó al colegio en coche. La primera fue el día del atentado contra Carrero Blanco. En ambas, el viaje fue de ida y vuelta tras comp...

robar que no había clase. El 20 de noviembre de 1975 había fallecido el anciano de voz gangosa al que escuchaban mis padres en la televisión con respeto. Luego comprendí que había en ello la sombra discreta del miedo.

Lo habían aprendido en casa. En la educación sentimental de familias republicanas a las que la dictadura condenó a vivir un exilio de la memoria que hizo que no hablaran de la Guerra Civil ni de política. Habían sido maltratadas por los vencedores, pero habían sobrevivido. Con todo, mi abuela materna susurraba orgullosa de cuando en cuando que veníamos “de la cáscara amarga”.

Aquel miedo siguió funcionando después de la muerte de Franco. Era una tensión que luego asocié al recelo de mis padres hacia algunos vecinos. Uno de ellos, en la propia escalera, vestía el uniforme caqui de comandante del Ejército de Tierra. Otro, en el edificio de enfrente, era padre de uno de mis amigos y lucía la vestimenta gris de capitán de la Policía Armada. Y un tercero, jubilado y a quien mi padre no podía ver del coraje que le daban sus andares taurinos, vivía en el portal del costado de casa y mostraba todavía el rictus arrogante de quien había sido jefe de Comandancia de la Guardia Civil en los años de plomo de los maquis.