EL PAÍS, nacido seis meses después de la muerte del dictador, echa la vista atrás con rigor y diversidad, sobre la palpitante historia de la que formamos parte

El pasado revive cuando se recuerda. Y es obligado hacerlo con cuidado al tratar al dictador Francisco Franco. Pese al magnetismo que ejercen las efemérides, su ideario no sobrevivió de cuerpo entero, oculto en las habitaciones interiores de nuestra democracia, pero tampoco desapareció abruptamente con su muerte el 20 de noviembre de 1975. Aparte del universo militar y eclesiástico, donde el formol hizo un buen trabajo, se mantuvo entreverado en ciertas ...

élites económicas y empresariales españolas. Una oligarquía que mostró una alta capacidad adaptativa a los nuevos entornos y que ha ejercido siempre su influencia en el sector más conservador hasta cristalizar en la actual ultraderecha.

Pero un país, aunque se construye sobre lo pasado, y este pesa, no puede desligarse de su futuro. Y nuestro futuro, enterrado Franco y aprobada la Constitución del 78, fue la Unión Europea, la alternancia política, el desarrollo autonómico, el matrimonio gay, el fin de ETA, la digitalización, la fractura independentista, la pandemia... Todo ello configuró una España bien distinta de la que dejó Franco y donde durante décadas, y con un cierto coste, como descubrieron los represaliados por la barbarie franquista, ha importado más el porvenir que lo pasado.