Es preocupante que, a 50 años de la muerte del dictador, una parte de los jóvenes considere que la democracia es peor que la dictadura
Desde la muerte de Francisco Franco el 20 de noviembre de 1975, cada aniversario de esa fecha ha sido una jornada para reflexionar sobre la memoria de la dictadura y el estado de la democracia en España. En 1976, doce meses después del principio del fin de aquella etapa oscura y vengativa —ya con Adolfo Suárez en la presidencia del Gobierno y tras la aprobación en las Cortes de la Ley para la Reforma Política (faltaban semanas para su refrendo ciudadano)—, el horizonte de apertura se atisbaba gracias a la promesa de unas elecciones libres. A la vez, el diagnóstico sobre lo que había representado aquel sanguinario régimen solo podía ser implacable desde una óptica democrática: “el franquismo no fue capaz de resolver ninguno de los grandes problemas históricos planteados en España”, se leía en el editorial que EL PAÍS publicó en el primer aniversario.
En 1977, tras las elecciones constituyentes, antes del segundo 20-N ya se habían firmado los Pactos de La Moncloa para afrontar una coyuntura económica crítica y la ponencia constitucional seguía reuniéndose para elaborar el borrador de la Ley Fundamental, la partitura sobre la que la sociedad española ha vivido el período más largo de paz y prosperidad de su historia moderna. Aquellos grandes problemas, perpetuados por la dictadura, fueron resolviéndose en un período relativamente corto para que España fuese por fin un país europeo normal.














