A las fuerzas del orden público españolas se les da bastante bien tirar al suelo a maestras jubiladas, detener a manifestantes pro Palestina en la Vuelta Ciclista y desahuciar familias vulnerables, pero resolver crímenes se les pone un poquito más cuesta arriba. Igual es por un nacionalismo mal entendido, ese que insiste en pintar a los españoles como seres pasionales e irreflexivos, más dados a los crímenes impulsivos y a darse garrotazos que al asesinato planificado. Igual por eso piensan que aquí no se pueden dar asesinos en serie, que eso es cosa de los USA y la tele. Sea como sea, lo cierto es que recurrir a lo del crimen pasional es muy de esta tierra, da igual que sea un feminicidio, un asesinato racista o un crimen homófobo, lo importante siempre es rebajar la carga política y el peso social de dicho crimen, y pintarlo simplemente como un caso aislado. Y entonces pasan cosas como las ocurridas en el caso Wanninkhof.PublicidadRocío Wanninkhof, de 19 años, tenía toda una vida por delante, llena de aventuras, tristezas, decepciones y alegrías, cuando la noche del 9 octubre de 1999 su novio la ve por última vez a las nueve y media de la noche en Mijas. Habían hecho planes para ir a la Feria de Fuengirola pero Antonio se queda dormido. A la mañana siguiente la madre de Rocío, Alicia Hornos, preocupada porque la joven todavía no ha vuelto, manda a su otra hija, Rosa, a casa del novio de Rocío, pero este tampoco sabe nada de ella, aunque asegura que amigos en común la vieron en Fuengirola, por lo que todo el mundo asume, con ese optimismo irracional al que nos aferramos cuando tememos que todo va mal, que quizás se ha quedado a dormir en casa de alguna amiga.Desgraciadamente nadie volverá a ver con vida a Rocío. Su madre, Alicia, dando un paseo con su pareja, Juan, se encuentra con unas zapatillas de deporte y un pañuelo manchados de sangre que están tirados en un descampado cerca de su casa y que identifica como pertenecientes a su hija. La Guardia Civil no tardará en descubrir que el rastro de las gotas de sangre conduce hasta unas marcas dejadas por un vehículo cuyos neumáticos hace ya seis años que no están en el mercado. Y cuando la desaparición de la joven llega a los medios un taxista declara que la noche del 9, sobre las 10 de la noche, había esquivado un todoterreno que se encontraba parado con las luces puestas justo donde al día siguiente se encontraron las prendas de ropa y la sangre de Rocío, y, lo que es más aterrador, que había escuchado un grito tan desgarrador que se asustó y huyó de la zona a toda velocidad.Rocío no aparecerá hasta el 2 de noviembre. Se hallará su cuerpo a 32 kilómetros del lugar de su desaparición. Sin ropa y apuñalado. Además el responsable de su muerte había intentado quemarlo para borrar cualquier prueba que hubiera podido dejar, por lo que no se pudo determinar si la joven había sido agredida sexualmente. Lo que sí se pudo recuperar fue una colilla de cigarrillo cerca del cuerpo de Rocío, una colilla cuya importancia será crucial para resolver el caso. Aunque cuando se haga ya será demasiado tarde y otra joven será asesinada a escasos metros del portal de su casa porque no se hicieron las cosas bien.Y, a pesar de que no había que echarle mucha imaginación para suponer lo que había sucedido en realidad, pues si una joven desaparece cuando camina sola por la noche y su cuerpo se descubre sin ropa lo más probable es que nos encontremos ante un crimen con motivaciones sexuales, ante un feminicidio de manual, la Guardia Civil descartará esta posibilidad casi de forma inmediata. Porque se habían sacado de debajo de la manga otra teoría que, aunque no se ajustaba a ninguna de las pruebas materiales ni al sentido común, encajaba mejor con sus prejuicios y sobre todo era mucho más jugosa para la prensa, la Fiscalía, el juez instructor y el tribunal que acabará juzgando el caso. Y así una investigación y una instrucción chapuceras y prejuiciosas se cebarán con una mujer inocente, Dolores Vázquez, que será sometida a una de las mayores cazas de brujas de la historia reciente de este país.PublicidadLos investigadores, empeñados en que el asesino de Wanninkhof tiene que encontrarse entre su círculo más cercano, van dando palos de ciego hasta que por fin encuentran a su perfecta culpable: Dolores Vázquez, la expareja sentimental de la madre de la víctima, aunque tanto la Guardia Civil como los medios de comunicación llegarán a hacer triples mortales en el aire con tal de evitar llamarla así. Y, aunque en 1999 parece que no se podía decir públicamente que Vázquez era lesbiana, ni que ella y la madre de Wanninkhof habían vivido como pareja durante años, sí que se podía montar todo un caso judicial y mediático contra ella sostenido únicamente en su orientación sexual.De esta forma aprendimos que había que decir que Vázquez y Hoyos eran "amigas íntimas" para no ofender la sensibilidad del público de la época, lo que no evitó que los periodistas -incluidos los de los grandes periódicos que presumen de libro blanco- hicieran chanzas sobre su físico, echaran mano de todos los tópicos sobre las lesbianas y buscaran las fotos en las que Vázquez apareciera con el semblante serio para hacerla parecer aún más amenazadora.Las autoridades también podían llevarla a juicio sin pruebas, permitir que fuera juzgada por un jurado popular a pesar de la constante y machacona insistencia de los medios por señalarla como la asesina, presentarla esposada ante dicho jurado, preguntarle en el estrado por sus prácticas sexuales y hasta echarle en cara que fuera gallega. Como también se podía llevar a declarar al juicio a una vidente y a una psicóloga de la Guardia Civil que solo había hablado una vez con ella antes de la detención, lo que no evitó que elaborara un informe psicológico lleno de prejuicios lesbófobos. Y toda esta mala praxis judicial y periodística se llevó a cabo ante las cámaras y con el aplauso entusiasmado y cómplice del público. Cuando el jurado, siete de los nueve, declararon culpable a Vázquez, el veredicto puso en pie a los asistentes y el juez se vio obligado a expulsar a todo el mundo de la sala, metáfora perfecta del bochornoso espectáculo circense en el que se había convertido un caso en el que Rocío Wanninkhof fue relegada a mera comparsa de su propia tragedia. Meses después, el juicio será anulado y Vázquez liberada. Pero la excarcelación de Dolores, Loli ahora para la misma prensa que la había vilipendiado, no significó que la Fiscalía diera su brazo a torcer. Y mientras se esperaba la celebración del nuevo juicio sucedió otro asesinato que se podía haber evitado, el de Sonia Carabantes.PublicidadPorque una cosa que nadie había hecho fue prestar atención al ADN de la colilla del cigarrillo que apareció junto al cuerpo de Rocío. Si se hubiera hecho, se habría descubierto que pertenecía a un depredador sexual británico con varias condenas, el estrangulador de Holloway. Un tipo a quien Scotland Yard le había seguido la pista hasta Mijas y le había pedido amablemente que volviera a su país donde tenía una cita pendiente con la Justicia. Cuando se negó, los británicos avisaron al Ministerio del Interior, que consideró que había poco riesgo en este violador en serie. Y un 9 de noviembre de 1999 asesinó a Wanninkhof, y un 14 de agosto del 2003, a Carabantes.De esta forma, el pánico lesbófobo junto a la incompetencia de los investigadores y las autoridades judiciales, tanto españolas como británicas, sumados a una campaña de prensa despiadada y amarillista, alimentaron un estado de histeria colectiva que acabó con una inocente condenada y encarcelada y otra chica asesinada. Sonia Carabantes fue, junto a Dolores Vázquez, la víctima propiciatoria de esta caza de brujas que, veintisiete años después, nos debería seguir avergonzando. Porque no olvidemos nunca que los asesinatos de Wanninkhof y Carabantes se podían haber evitado simplemente si la Policía británica o la española hubieran hecho bien su trabajo.Dolores Vázquez pagó un precio enorme por su condición sexual. Al fin y al cabo, la Guardia Civil puso sus ojos en ella, como reconoció Ángel Acebes, el mismo ministro que nos mintió también sobre el 11M, por su "perfil delincuencial", esto es, porque era lesbiana. Eso fue todo lo que se necesitó para arrojarla a las hienas de la prensa, llamarla asesina y encerrarla en la cárcel. Nunca podremos compensar a Dolores por todo lo que la hicimos pasar. Lo que sí podemos hacer es evitar volver a caer en los mismos errores. Está por ver si tenemos intención y ganas de hacerlo.