El verano no empezaba hasta que Lola la del Café Coruña colgaba el cartel de helados de Miko encima de la nevera. Cruzando la calle, en el jardín, La Castellana tenía Avidesa y el quiosco de Alfonso, Camy. Me imagino que la marca favorita de los niños sería Frigo, con sus Drácula, Frigopie, Twister, Frigodedo, Calippo o Frigurón. Yo, curiosamente, prefería Miko y, concretamente, el Mikolápiz.PublicidadDe Avidesa, cuya estrella era la Pantera Rosa, me quedaba con el corte de tres sabores y su vainilla tan amarilla. De Camy, con el fantasma Nifti y el Cami Cao, pese a que entre la chavalada arrasaba el ColaJet. Y de Frigo, apenas con el Frigopie. Todos, helados de nata, quizás porque los mayores decían que alimentaban más y que los de hielo no eran tan sanos, aunque hoy sabemos que tenían menos calorías y grasas saturadas.Fuese cual fuese el cartel, la elección del helado suponía un ritual, que podía complicarse cuando la marca no era tan conocida. Sin embargo, a mí me fascinaba descubrir la oferta de Royne, Alacant, Kalise o La Menorquina. Al final, siempre terminaba eligiendo los mismos, si bien todos esperábamos que hubiese novedades y que, una vez quitado el envoltorio, aquello se asemejase lo más posible a las figuras de las fotos.A partir de entonces, tocaba esperar un año, aunque más tiempo aguardamos a que estrenasen E.T. en el cine de Maruja, preguntando día sí, día no, cuándo proyectarían la película. Entonces, la vida consistía en esperar: por los nuevos libros de texto en la vuelta al cole, por el anuncio de la Lotería y también por los de los juguetes, por el cartel de los helados y por un largo etcétera. Hoy, cuando uno lo tiene todo, no espera, desespera.Zara cambia el escaparate cada semana. Netflix y las demás plataformas televisivas saturan nuestras pantallas a diario. Spotify nos recomienda lo que no nos interesa. Instagram, TikTok y otras redes sociales nos marean como a un ratón. No hay sorpresa sino algoritmo. La ilusión se ha transformado en ansiedad. Lo queremos todo y lo queremos ya, aunque luego no nos satisfaga ni nos llene. En cuestión de días, lo habremos olvidado.Publicidad¿Por qué, entonces, nos acordamos del Frigopie, del Mikolápiz, del ColaJet o incluso de helados que fueron un absoluto fracaso? Quizás porque la espera hacía más valiosa la novedad y porque luego tenían un verano entero para conquistarnos, de modo que nos aprendíamos el cartel de memoria. Dejé de prestarles atención hasta que Amantis colocó uno delante de su tienda erótica con el lema Lo mejor del verano es probar cosas nuevas.