El cambio climático ha dejado de ser una amenaza sobre todo previsible para convertirse en una realidad ya abrasadora que intensifica los riesgos en la seguridad y salud , entre otros colectivos, de los bomberos forestales. Ante la virulencia estructural de los incendios que azotan nuestros bosques mediterráneos, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ya advirtió en 2018 que gobiernos y empleadores deben implementar planes de previsión renovados frente a las altas temperaturas para garantizar una respuesta resiliente ante la crisis climática. Esta adaptación es de urgencia vital no solo para la ciudadanía general sino muy especialmente para proteger a quienes operan en la primera línea de defensa contra unos desastres naturales cada vez más extremos.

Los riesgos laborales de los bomberos forestales poseen dos áreas críticas que requieren mecanismos de prevención, mantenimiento y reparación: el estrés térmico y los riesgos psicosociales. El calor excesivo, que ya se manifiesta de forma estructural, provoca agotamiento, deshidratación y patologías graves como enfermedades cardiovasculares crónicas y del sistema respiratorio. Enfrentándose a llamas de más de 30 metros de altura, algunos profesionales soportan temperaturas corporales que sobrepasan los 40,5ºC, con riesgo de muerte. La adecuación a estos escenarios de calor extremo exige la renovación y modernización técnica de los equipos de protección individual (EPI), pues las prendas están quedando obsoletas frente a la ferocidad de los incendios de sexta generación. Los EPIs deben ser ligeros, flexibles y transpirables para evitar que el calor metabólico acumulado se convierta en un riesgo de fatiga extrema para el profesional.