Existe una tendencia recurrente dentro de algunos espacios militantes a entender cada lucha emancipadora como un compartimento estanco. Como si el patriarcado, el racismo, el colonialismo, el capitalismo o el especismo fueran estructuras separadas que pudieran analizarse y combatirse de manera aislada. Sin embargo, pocas luchas evidencian tanto la necesidad de una mirada interseccional como el antiespecismo.
No porque el sufrimiento animal sea “más importante” que otras opresiones, sino porque el mecanismo de ajenidad sobre el que se sostiene el especismo alcanza un grado difícilmente comparable con otros sistemas de dominación. La distancia material, cultural y emocional que la sociedad construye entre los seres humanos y el resto de animales es tan profunda que convierte la violencia cotidiana contra millones de individuos en algo prácticamente invisible.
Las teóricas feministas y decoloniales llevan décadas explicando cómo funcionan los procesos de otrorización. Simone de Beauvoir señalaba que la construcción del “Otro” era un mecanismo imprescindible para sostener la subordinación de las mujeres. Edward Said analizó cómo Occidente fabricaba una imagen exotizada y deshumanizada de Oriente para justificar relaciones coloniales. Frantz Fanon explicó de qué manera el colonialismo produce sujetos despojados de humanidad a través de la violencia material y simbólica. Judith Butler profundizó en la idea de qué vidas son consideradas dignas de duelo y cuáles quedan fuera del marco de lo reconocible. Es imposible que una persona que se considere antiespecista lea este párrafo y no vea cómo todo esto aplica a la explotación animal.







