Que la construcción de la masculinidad tiene relación con la violencia es algo que sabemos de sobra tanto por la teoría como por la práctica en nuestros cuerpos, en nuestras vivencias. Las luchas feministas frente a la desigualdad han evidenciado esta relación al hablar de violencia de género, de violaciones, de los abusos de poder perpetrados por los hijos sanos del patriarcado, los bien adaptados a un sistema que respalda su comportamiento y perpetúa la desigualdad, que nunca viene dada de forma amable, como la base de sus relaciones.

Para que aceptemos esta desigualdad tienen que darse varios factores, que la psicóloga americana Melanie Joy desgranó hace algo más de una década en tres sencillos elementos, lo que denominó “las tres N de la justificación”: primero, la normalización de las condiciones de desigualdad. El “siempre ha sido así” es uno de los pilares mejor establecidos para que situaciones de injusticia pasen desapercibidas a nuestros ojos acostumbrados a ellas. Si no somos capaces de ver algo es imposible que luchemos por cambiarlo. Segundo, la naturalización de ciertas situaciones genera esa misma ceguera selectiva que hace que injusticias y desigualdades, pero también las más descarnadas violencias, nos resulten invisibles y las aceptemos sin llegar a considerar que, tal vez, no deberían darse en este mundo. En tercer lugar nos encontramos con la falsa creencia de la necesidad: el argumento de lo necesario parece vencer a cualquier razonamiento cuando lo lanzamos como una losa ante las argumentaciones mejor respaldadas. Si algo es necesario, además de natural y normal, obviamente no será considerado un cambio imprescindible para la mejora de las diferentes situaciones de desigualdad, o será considerado un mal necesario que sucede en este mundo nuestro y que, lamentablemente, no podemos cambiar. Una manera muy sencilla de establecerse en la comodidad de las actitudes pasivas.