Todas las violencias cuentan. No tenemos por qué adaptar nuestros comportamientos para encajar en estructuras que nos excluyen. No es posible desmantelar el patriarcado con sus propias herramientas.Ana Lorena Delgadillo25 Mar, 2026 21:41Foto: Archivo CuartoscuroPor Ana Lorena Delgadillo PérezEs una tensión interna constante: ¿hablarla nos fortalece o nos expone? ¿Nos hace más fuertes o más débiles? ¿Nos vuelve más vulnerables? Las preguntas no son retóricas. Atraviesan la experiencia cotidiana de muchas mujeres que enfrentan distintas formas de violencia y que, antes de nombrarlas, deben medir sus consecuencias.

En México, he acompañado casos que representan la expresión más extrema de esa violencia: feminicidios y desapariciones en Ciudad Juárez y Chihuahua; el caso de Karla Pontigo en San Luis Potosí; cientos de mujeres, madres, esposas e hijas buscando a sus desaparecidos. El dolor de las víctimas, de quienes les sobreviven, es difícil de traducir en palabras. A ese dolor se suma otro: el de enfrentarse a instituciones indolentes, incapaces de investigar con rigor, y, en no pocos casos, al rechazo o la incomprensión de su propia comunidad.

Han pasado casi diecisiete años desde la sentencia del caso Campo Algodonero ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Es cierto: hoy existen más leyes, más instituciones, más discursos públicos sobre la violencia contra las mujeres, eso no es poco. Pero la pregunta de fondo persiste: ¿hemos avanzado lo suficiente? La respuesta es incómoda, pero más incómoda es la verdad: no estamos donde deberíamos estar, donde las mujeres quisiéramos estar. Investigar con perspectiva de género sigue siendo una excepción, no la regla. Los servicios periciales —clave en la búsqueda de justicia— continúan sin una profesionalización adecuada ni una independencia real. Los mecanismos de prevención y de acceso efectivo a la justicia siguen siendo, en gran medida, promesas incumplidas. Siguen matando y desapareciendo a madres buscadoras, a defensoras de la tierra.