Hasta hace unas pocas décadas, los biólogos pensaban que las conductas reproductivas de las hembras eran más simples y pasivas de lo que son en realidad; esta invisibilización de las estrategias sexuales femeninas era producto de una ciencia hecha por hombres que prestaba atención en especial a los comportamientos de los machos y pasaba por alto la importancia del comportamiento de las hembras. Por décadas, la biología construyó de ese modo teorías sobre la sexualidad de los primates.

La literatura especializada cuenta cómo funcionó este modelo, que predominó hasta que las científicas lograron ampliar la mira. Hasta entonces, la primatología había abordado el estudio de las hembras sin perspectiva crítica, confirmando en general las expectativas y prejuicios de quienes, en su mayoría hombres, definían el campo de estudio.

La llegada de investigadoras como Jane Goodall, Dian Fossey y Biruté Galdikas, pioneras en el trabajo de campo con grandes simios, supuso un cambio fundamental, pues comenzaron a cuestionar y transformar los enfoques tradicionales. Pero la revolución que Sarah Blaffer Hrdy y Amy Parish impulsaron en la primatología transformó no solo el estudio de los primates, sino también la comprensión de la evolución, la sexualidad y los roles de género en general.