El profesor de antropología de Harvard, antiguo colega de Jane Goodall, reflexiona en su nuevo libro sobre la compleja relación del ser humano con la violencia

Richard Wrangham (1948, Reino Unido) estudiaba a los chimpancés en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania. Formaba parte del equipo de la primatóloga Jane Goodall en los ochenta. Veía cómo estos especímenes, a los que llegó a coger cariño, se acicalaban unos a otros. Cómo jugaban e incluso hacían de canguros de las crías ajenas. Eran como una familia. Pero un día es...

te grupo se dividió en dos. Se repartieron el territorio y empezaron una competición feroz. El equipo de primatólogos empezó a registrar emboscadas y trampas, grupos de simios atacaban a sus enemigos cuando estos estaban solos. Era como una guerra civil. Con guerrillas y comandos. Se pensaba que este tipo de comportamiento agresivo, esta frialdad y estrategia, era básicamente humana. Este hallazgo lo cambió todo. Desde entonces, Wrangham se fascinó con la violencia. No con los actos en sí, más bien con cómo estos nos definen como especie. La evolución de la violencia en distintos primates. Y también, cómo no, en el ser humano. A él le dedica su último libro, La paradoja de la bondad (Capitan Swing) en el que reflexiona sobre la dicotomía humana. Somos una especie empática, la única que guía sus acciones por una brújula moral. Pero también capaces de un grado de violencia planificada inédita en el reino animal. Profesor de antropología biológica en la Universidad de Harvard desde 1989 y de biología del comportamiento de primates en el Museo Peabody, Wrangham explica esta dualidad por la autodomesticación de nuestra especie, un proceso fascinante guiado por el habla, la pena de muerte y la rebelión de los machos beta. Al rastrear el avance evolutivo de la agresión, el antropólogo defiende la necesidad de tolerancia, democracia y contrapoderes para controlar esa pulsión salvaje que todavía nos define.