El filme es un ‘slasher’ en el que el criminal no es un psicópata sino un animal. Buena idea, pero mal desarrollada

En la película no se cita en momento alguno, pero no parece descabellado que uno de los grandes referentes a la hora de hacer Primate sea el estupendo documental Proyecto Nim (2011), de James Marsh, y el hecho real que lo envuelve. Nim fue un chimpancé nacido en los años setenta, sujeto de un estudio dirigido por psicolingüistas, y amparado por la Universidad de Columbia, que tenía como objetivo intentar probar que un chimpancé puede llegar a comunicarse como un humano con el lenguaje de signos para los sordos si, desde el mismo instante de su nacimiento, se le trata como a uno de nosotros, como a un bebé que irá creciendo en los aspectos físico, afectivo y cognoscitivo, y se le rodea de seres humanos y no de animales de su especie.

El inicio de Primate plantea una situación casi exacta a la de la familia real que adoptó a Nim para aquel estudio, con el añadido de que la investigadora principal de la ficción, una lingüista, ha muerto a causa de una enfermedad terminal, dejando a solas con el animal al resto de la familia: un padre con una total discapacidad auditiva y dos hijas adolescentes. Así que el británico Johannes Roberts, director de la saga de aventura y terror A 47 metros, y su habitual colaborador de guion, el mallorquín Ernest Riera, han pensado que, junto a esta dulce premisa, si se le incorporaba un contagio de la rabia y un fin de semana de juerga juvenil entre chicas y chicos con las hormonas desbocadas, se podía desarrollar una especie de slasher en el que el criminal no fuera un psicópata sino el primate del título.