La proyección de Dangerous Animals (Animales peligrosos) llevó a la última Quincena de cineastas de Cannes el subgénero de sharksploitation a una programación que asumió —por razones bien distintas— riesgos dispares, como con la incómoda Yes, película del isrealí Nadav Lapid; o la dura Militantropos, documental sobre la guerra de Ucrania. La película del australiano Sean Byrne era, sin duda, una excentricidad, pero si recordamos que este año es el del medio siglo de la película que lo cambió todo, Tiburón, la propuesta —con sus rojos y azules saturados— era interesante, aunque esta nueva incursión en el subgénero se aleje bastante del ritual del terror-animal.
En Dangerous Animals el asesino es humano y los tiburones son el mito. El monstruo aquí es un serial killer interpretado por Jai Courtney que disfruta grabando a los escualos mientras devoran a las víctimas que secuestra. Un enfermo obsesionado con filmar lo que tanto nos atrae de la sharksploitation: esos animales fríos que dejan sin extremidades a sus víctimas. La idea del tentetieso está arraigada a nuestro terror al tiburón y a su gusto por zamparse todo menos el tronco de las personas que ataca. Es una idea presente en la secuencia inicial de la película de Steven Spielberg o en la descripción de la conducta asesina del animal que hace el personaje de Robert Shaw en el célebre monólogo del clímax del filme.






