Aunque sugerente, la hipótesis de un matriarcado originario, posteriormente derrotado y suplantado por una sociedad patriarcal, contribuye solo en parte a justificar el desinterés que la filosofía muestra por la cuestión del nacer de un cuerpo materno. Por otra parte, el poliestratificado universo del mito – en cuyo ámbito se consumaría ya la historia de la derrota del matriarcado–, más que hablar de una sociedad arcaica dominada por las mujeres o, si se quiere, de un antiguo derecho matrilineal, habla de un

universal-y-las-diosas-del-mar.html" data-link-track-dtm="">culto a la Diosa Madre que celebra el cuerpo materno como símbolo de fertilidad y regeneración. Expresión directa de ello son no solo las figuras femeninas con el vientre y los pechos hinchados que exhiben sus genitales, sino también en una serie de relatos, más tarde trasladados del mito a la tragedia, que, en un esfuerzo por narrar la tremenda complicidad del cuerpo materno con la physis, incluyen inquietantes figuras hipermaternales. (...)

Propuesta a mediados del siglo XIX por Johann Jakob Bachofen y reformulada en las primeras décadas del siglo xx por James G. Frazer, la tesis del matriarcado primitivo, entendido como una etapa evolutiva de la historia humana, se ha desarrollado con diversa fortuna en las distintas disciplinas científicas modernas, hasta llegar a un punto muerto y correr el riesgo de desaparecer de manera definitiva. A la postre, el propio término matriarcado se ha impuesto no tanto como término técnico, sino como síntesis genérica de los múltiples modelos culturales que el lenguaje académico describe como ginecocráticos, matrilineales, matrifocales o matricéntricos. Se califica, por ejemplo, como matrística la cultura de la “Vieja Europa” descrita por la arqueóloga y lingüista lituana Marija Gimbutas, cuya innovadora obra, que gozó de un considerable éxito popular en los años setenta y ochenta, posee el mérito de haber despertado un renovado interés por el tema del matriarcado. (...)