Bajo la neoinquisición del nuevo ‘maternaje’ subyace lo de siempre: culpar a las mujeres por ejercer su libertad reproductiva
Los bebés criados con biberón son como bollos ultraprocesados. Los hospitales son lugares hostiles para parir. La madre que decide no dar de mamar a su hijo comete un supremo acto de egoísmo. El parto debiera ser un acto placentero, lo más parecido a mantener relaciones sexuales. Tranquilos, no se han equivocado de columna ni de pluma. Ni me ha poseído una integrista de la lactancia y del parto en casa, ni me ha...
dado un soponcio, ni me estoy inventando nada. Todas estas frases y otras igualmente estupefacientes se han pronunciado desde el estrado de profesores en un máster sanitario impartido por una universidad pública en España, Unión Europea, 2025, ante la callada incredulidad del auditorio. Eso, además del intolerable hecho en sí mismo, es lo insólito. Que señoras y señores graduados no se levantaran a rebatir o protestar porque alguien les endosara sus creencias y opiniones personales en un entorno académico como si fueran evidencias científicas.
Puede haber varias razones para ese silencio, pero una de ellas bien podría ser porque los mantras de esa tendencia que ve la crianza como una nueva religión, con sus propios mandamientos, pecados y herejes condenadas a la hoguera, ha calado lo suficiente para que a nadie le extrañen ya las homilías de sus oficiantes. Herejes, en femenino, sí. Porque, bajo toda esa neoinquisición del nuevo maternaje subyace lo de siempre: culpar y hacer sentir culpables a las mujeres por ejercer en conciencia su libertad reproductiva. A las que deciden ser madres y a las que deciden no serlo. Porque a estas también se las lapida por egoístas, al privar a la sociedad de nuevos contribuyentes y a ellas mismas del verdadero sentido de su vida.






