La valoración social del trabajo de cuidados es nula cuando estos son ejercidos por las mujeres. En cambio, esas mismas tareas son el culmen de la realización física y espiritual si las hacen los hombres
“Qué fácil es todo para ti”, me reprocha a menudo mi mujer. “A poco que hagas, tus hijos te aman. Te idolatran”, continúa. “Tú puedes perder los nervios, hablarles mal, y con dos tonterías te los vuelves a ganar. A mí me castigan al mínimo desliz”, añade frustrada. En ocasiones, más encendida, prosigue con argumentos que validan su idea de que mi posición como padre es privilegiada: “Me he pasado seis años sin apenas dormir y nadie ha dicho nada, y porque tú los has dormido algunas veces, o te has acostado con ellos otras tantas, parece que lo has hecho siempre. Mira tu madre: que si pobre mi Adrián, que tenía que bajarse a la calle a una niña en la mochila, y luego al otro, para que se durmiesen. ¡Y eso lo has hecho cinco veces! ¿Cuántas veces lo he hecho yo?”.
Me molestan, a veces, esos comentarios suyos. Hieren mi orgullo y, en mi cabreo, atribuyo erróneamente esos arrebatos a un ataque de celos porque en este momento de nuestras vidas nuestros hijos —especialmente nuestra hija— parezcan tener cierta predilección por mí (no ha sido siempre así, y algún día, lo sé, abrirán los ojos y descubrirán el pastel): es a mí a quien llaman, a quien buscan para jugar, a quien reclaman para hacer los deberes, con quien tienen más muestras de cariño.






