Tener un bebé cambia la vida a todos los niveles: no solo los viajes o la vida social se vuelven más complicados, sino que lo inmediato y cotidiano como comer, vestir, leer o ver series también se transforma por completo

El ser humano es ese animal fascinante capaz de asumir las consecuencias sísmicas de la paternidad sobre una rutina más o menos hecha. Y una vez ejecuta la procreación y de manera nada imprevisible ve su vida puesta del revés, tiene la indecencia de quejarse y de decirle a todo aquel que quiera escucharle, esté o no predispuesto al ítem conversacional bebés, que tener hijos “te cambia mucho la vida.” Ese ser humano soy yo, escribiendo estas líneas bajo el gorjeo musical de un lactante de tres meses. ...

Pero es que tener hijos, en efecto, te cambia mucho la vida. Y aunque todo el mundo espera que la paternidad traiga consecuencias sobre la vida social, sobre irse de copas o viajar en vacaciones, no siempre asumimos que la llegada de un bebé puede cambiar lo más cotidiano e inmediato: tu forma de vestir, tus rutinas de higiene, tu alimentación y tus hábitos de lectura.

Lucía tiene 37 años y es profesora de Filosofía en un instituto público de Madrid. Quizá por deformación profesional, ha decidido tomarse con calma y cierta distancia socrática la influencia en su outfit del niño que dio a luz hace cuatro meses. “Desde el embarazo, sufro una crisis de armario. Cada etapa implica un cambio en el cuerpo y en la talla. Tengo toda la ropa de cuando estaba buena guardada en bolsas para ver si vuelvo a estarlo alguna vez”, confiesa. Su ética de la resignación frente al armario se extiende también a la colorimetría: “Yo ahora sólo me fijo en que los colores no destiñan con los vómitos radioactivos. El negro lo destituí para dar paso al beige, al gris, y a los colores claritos, que camuflen las regurgitaciones”.