“Recuerdo perfectamente la primera hostia que me dio mi exnovio. Habíamos tenido discusiones fuertes y situaciones de chantaje emocional, pero ese bofetón cambió todo”. Nacho es gay, tiene 38 años y ha sufrido violencia intragénero. Aunque se trata de una problemática constatada por instituciones públicas y organizaciones LGTBIQ+, hay un manto de silencio sobre ella, lo que dificulta su detección, denuncia y prevención. “Creo que la sociedad no es muy consciente de que esto ocurre”, continúa: “Fue una experiencia muy nociva, me dejó una marca”. Nacho, que prefiere no dar su apellido, enfrentó esa situación en su primera relación, que duró unos cuatro años: “Yo tenía 20 y él, 19”. La violencia estuvo presente casi desde el principio. Arrancó con discusiones que, poco a poco, se fueron volviendo cotidianas. “Me despertaba de madrugada para discutir durante una o dos horas”, recuerda. “Eso me provocaba falta de sueño. Es una de las peores cosas que me han hecho en mi vida”. Un día, en medio de una de esas broncas, su exnovio se acercó a una ventana que estaba abierta: “Me amenazó con que se iba a tirar”. En otra ocasión, mientras se gritaban en el coche, se lanzó del vehículo en marcha. “Me escucho contarlo y digo: ¡Madre mía!, ¿cómo llegué ahí?”, cuenta Nacho, que en ese momento no compartía lo que le estaba pasando ni siquiera con sus amigos más íntimos. “Buscaba la manera de justificarle: me decía que él no estaba bien, que estaba obsesionado conmigo, que lo hacía por llamar la atención”. Nunca se planteó denunciar.El maltrato en el seno de las relaciones homosexuales forma parte de la violencia familiar, recogida en los artículos 153.2 y 173.2 del Código Penal. “Eso no significa que tenga un castigo penal menor que, por ejemplo, la violencia machista, sino que hay un abordaje diferente”, explica la abogada Ángeles Blanco. “Las mujeres que sufren maltrato en una relación heterosexual tienen mayores riesgos que cuando esa violencia ocurre en una pareja homosexual”, matiza, en referencia a que la violencia se agrava por las diferencias físicas entre hombres y mujeres y también por la cultura de dominación machista. En su bufete, Blanco ha llevado “bastantes” casos de violencia intragénero: “Ocupan un espacio importante, casi al mismo nivel que los delitos de odio. Sin embargo, y a diferencia de estos, esta violencia carece de visibilidad y de políticas públicas que la aborden”. Una de sus clientes es Mayte, mujer lesbiana de 28 años. Estuvo sometida por su pareja, en su caso, con el agravante de que tiene movilidad reducida. “Cuando se enfadaba, me empujaba, me tiraba al suelo o me privaba de ir al baño. Me llegó a dejar 12 horas sola en casa, en la cama o en el salón, en la silla de ruedas”, explica. También sufrió abusos sexuales. Su situación de dependencia complicó aún más la búsqueda de vías para salir de esa dinámica, en la que estuvo inmersa más de tres años, entre 2017 y 2020: “Tenía todo el poder sobre m픓El objetivo de una persona violenta es controlar. Y para ello no siempre hay que ejercer violencia física; se pueden aplicar otros tipos”, incide la abogada Blanco. Para la experta, “los estereotipos de género también han traspasado a las parejas homosexuales. Los gais han podido aprender a ejercer una masculinidad tóxica, que llevada al último extremo se expresa como agresiones físicas. En el caso de las mujeres, predominan mecanismos más psicológicos o emocionales”. Mayte conocía el concepto de violencia intragénero, pero no fue capaz de identificarlo en su propia relación: “Tardé mucho. No me esperaba que una mujer fuera a ejecutar unas dinámicas tan parecidas a las de los hombres”. Una vez pudo salir de esa relación, decidió denunciar, pero tampoco fue fácil. “La policía me recomendó que no lo hiciera porque me iba a poner más en peligro. Fui a pedir ayuda a Servicios Sociales y descubrí que no había ningún recurso específico. Además, la respuesta del sistema judicial fue nula. He sentido bastante soledad en todo el proceso”, agrega. De ahí que este problema exhiba una tasa muy baja de denuncia. “Lo que ocurre en el ámbito familiar es muy complejo de visibilizar”, reconocen desde la Fiscalía General del Estado. A Mayte, esa experiencia le ha dejado secuelas como desconfianza, miedo, depresión o ansiedad crónica. También ha afectado a sus relaciones sexuales: “Me cuesta tener deseo, generar intimidad. No soy la persona que era. Antes era supersonriente, estaba de buen rollo y ahora, muchas veces, me veo con el semblante serio”. En marzo, la Audiencia Provincial de Baleares condenó a un hombre a 13 años de prisión por matar a su novio en 2024. El asesino reconoció los hechos. No constaban denuncias de maltrato. “A un hombre maltratado se le perfila como débil”, apunta Blanco, a cuyo despacho han llegado muchos más casos de mujeres que de hombres. “Hay mucha infradenuncia en ambos géneros ―las víctimas suelen dejar la relación sin acudir a la justicia―, pero se acentúa en los hombres: solo denuncian cuando ya es algo extremo porque no se ven capaces, temen el castigo social”. Todo esto complica también ponderar la prevalencia de la violencia intragénero. En el teléfono Arcoíris del Ministerio de Igualdad, el 028, que atiende a víctimas de lgtbifobia, la violencia en parejas homosexuales protagonizó una de cada cinco llamadas recibidas en el último año. Además, en 2025 fue el segundo motivo de llamada a este servicio. “Hemos constatado que hay un problema que hay que analizar para plantear políticas públicas”, remarca Julio del Valle, director general para la igualdad de las personas LGTBI+ del Ministerio de Igualdad. Un 40% de las personas que acudieron a ese servicio del ministerio convivía en ese momento con su agresor. En la mayoría de casos (32%), la violencia se daba en parejas que llevaban entre uno y cinco años de relación. “Hasta hace no mucho, no existía la posibilidad de estudiar esta problemática porque no se reconocía ni siquiera la existencia de las parejas homosexuales”, añade Del Valle. Un problema “recurrente”La Federación Estatal LGTBI+ (Felgtbi+) lleva tiempo constatando la violencia intragénero. Cristina P. Álvarez es vocal de Feminismos en la Federación y coordina encuentros de mujeres del colectivo. En esas citas, el asunto “ha aparecido de manera recurrente”. “Hay una absoluta necesidad de generar espacios para hablar de ello”, añade. Alba, de 44 años, ha acudido a algunos de esos encuentros. Allí ha compartido lo que vivió con una exnovia: una relación de varios años en la que hubo humillaciones públicas, vigilancia, invasión de la intimidad o acoso. “Teníamos muchas broncas, era un ciclo constante. Me generaba muchísimo estrés, problemas para dormir, para comer, afectó a mi trabajo, a mis relaciones personales…”. Esta mujer afirma que el miedo a las represalias la dejó atrapada: “Durante mucho tiempo pensé que era más sencillo seguir con ella, aunque no quisiera, que cortar de raíz. Ella utilizaba una supuesta influencia social para hacerte creer que te iba a arruinar la carrera y la reputación. Daba mucho miedo, me hacía sentir que no tenía escapatoria”. Tras acabar esa relación, tuvieron que pasar años para que Alba se reconociera como víctima. “Descubrí que varias mujeres que habían estado con ella se habían puesto en contacto entre sí. Entonces, vi el patrón; compartía secuelas con ellas”. Un momento que cita como clave fue al escuchar el podcast No sé cómo era antes (publicado por Podimo-Cadena SER este año), que narra la historia de una mujer maltratada por su pareja, un hombre, y que no encontró ayuda en el sistema. “Me reconocí en la protagonista porque me pasaba lo mismo: me avergonzaba haberme visto en una situación así y no haber sabido salir”. “No se me pasó por la cabeza denunciar, ni siquiera pensé que pudiera”, continúa: “No me sentía legitimada, me daba miedo que hubiera gente que lo usara para cuestionar la violencia machista, para reafirmar a los reaccionarios”. Sin embargo, esta mujer considera que dentro del colectivo LGTBIQ+ sí hay conciencia del problema y que se buscan maneras de atajarlo. “Estamos hablando entre nosotras. Pero da miedo sacarlo de ese contexto, en la sociedad hay un clima muy hostil para hacerlo. Falta madurez política y social”, insiste. Para Alba, su agresora usaba tácticas patriarcales, muy parecidas a las que utilizan los hombres maltratadores. “Si hay negacionistas de la violencia machista, ¿cómo vamos a ponernos a explicar que esto se puede replicar en parejas homosexuales?”.
Mujer contra mujer, hombre contra hombre: la silenciada violencia intragénero
Las agresiones en parejas homosexuales, una realidad constatada por instituciones y organizaciones LGTBIQ+, permanecen invisibilizadas, lo que dificulta su detección y prevención







