Un profesor víctima de un ataque homófobo en Mallorca, un chico agredido por cinco menores de edad después de verle besarse con otro durante unas fiestas en Mataró, una persona trans humillada y golpeada por catorce jóvenes en Ontinyent, una agresión tránsfoba grabada para difundirse en redes sociales en Barcelona, un concierto suspendido tras ataques homófobos contra el grupo Fades, un concejal insultado por ser trans en Arrigorriaga, otra brutal agresión homófoba en Tolosa… Cambian las ciudades, cambian las víctimas, cambian quienes agreden, pero el patrón se repite. Estos son solo algunos de los titulares que han dejado las últimas semanas de LGTBIQfobia en nuestro país. Muchas de estas agresiones comparten rasgos inquietantemente similares: se producen en grupo, en espacios públicos, con una fuerte carga de humillación, en ocasiones son grabadas para amplificar el daño y difundirlo en redes sociales, y con demasiada frecuencia, están protagonizadas por personas muy jóvenes.
Estas agresiones no castigan únicamente una orientación sexual, una identidad de género o la manera en que este se expresa desde la disidencia sexual. Estas agresiones castigan la visibilidad de las personas que somos LGTBIQ+, no son episodios aislados ni simples peleas. Son un mensaje que las personas que agreden lanzan no solo a la persona concreta que es víctima, sino a todas las personas que formamos parte de un colectivo que nos identificamos bajo las siglas LGTBIQ+. Un mensaje amplificado en la violencia y que busca expulsarnos del espacio compartido, del lugar público, de la vida cotidiana, de la naturalidad de las relaciones humanas, de los derechos innatos que nos corresponden. Cada insulto, cada escupitajo, cada paliza, cada agresión nos transmite exactamente el mismo recado: “escóndete si no quieres sufrir, vuelve al armario”. Por eso el primer derecho que empieza a perderse cuando avanza la batalla cultural contra la igualdad y los derechos humanos (sean los de las personas LGTBIQ+, las mujeres, las personas migradas o cualquier otro colectivo que es víctima de los discursos de odio de la extrema derecha) es un derecho muy elemental, es el derecho a caminar por la calle sin miedo.











