Quien haya dejado de consumir animales hace tiempo sabe que un elemento imprescindible de autodefensa es la información: la capacidad de aportar datos y respuestas ante los diversos ataques que enfrentamos día a día es el mejor escudo que presentar para, aunque sea, irnos a casa con la sensación de no haber sido avasallades.
Forma parte de nuestro cotidiano recibir comentarios y acusaciones de extremistas, exagerades o incoherentes por elegir dejar a les no humanes fuera de nuestro plato. El típico “la lechuga también siente”, el “siempre se ha hecho así”, el “tenemos colmillos” o las burlas sobre los supuestos gritos de las verduras de nuestro plato (banalizando, a su vez, los gritos reales de les animales asesinades) son herramientas reaccionarias (y patriarcales) con las que te acostumbras a convivir, a pesar de lo curioso de que quien no quiere alimentarse de seres asesinados es quien recibe la violencia verbal por un acto de empatía, de coherencia política o de preocupación por el futuro.
Los colectivos y militancias, así como las redes sociales en los últimos años, han permitido compartir vivencias y herramientas y visibilizar que somos muches quienes sostenemos estas situaciones día a día, y en ellos hemos encontrado apoyo y comprensión. Sin embargo, creo que esta ha sido una lucha solitaria para muches durante muchos años, una soledad que no se olvida y que agota por su absurdez.













