Tras años de auge de las dietas veganas y vegetarianas, los datos revelan que el movimiento está en retroceso. Son malas noticias, pero no del todo

Es paradójico: justo cuando los conservadores de media España se habían acostumbrado a que alguien en la mesa cenara un filete de seitán en Nochevieja en vez de cordero, pollo o bacalao, la llama del veganismo empieza a titilar. Aún es pronto para evaluar la consistencia del retroceso en el movimiento que rechaza el consumo de alimentos y artículos de origen animal. Las conclusiones de los estudios, en función de quién los encargue, apuntan en direcciones opuestas. En todo caso, de haber un descenso de la población veggie (incluye

ank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/gastronomia/2025-09-21/ultraprocesados-veganos-hemos-convertido-una-cuestion-etica-en-un-objeto-de-consumo-mas.html" data-link-track-dtm="">veganos, vegetarianos y flexitarianos), no es especialmente significativo. El cambio es más cualitativo que cuantitativo.

En agosto del año pasado, Financial Times publicó un artículo hablando de la “derrota vegana”. Mencionaban el caso del restaurante neoyorquino Eleven Madison Park, que tras la COVID-19 apostó por una carta completamente vegetal y que ahora ha reintroducido la carne en el menú. En otro artículo, otro medio anglosajón (donde hay una gran tradición vegetariana), The Guardian, sumaba más ejemplos como Unity Diner de Londres, famoso por su filete vegano impreso en 3D, y otros locales que, tanto en la capital británica como en otras partes del país, habían desaparecido.