Ante las reacciones violentas contra una subcultura inofensiva es preciso acoger el fenómeno con interés antropológico y celebrar la variedad de las corrientes sociales: dejen en paz a los chavales
Quién no ha querido alguna vez surcar el cielo como un águila, nadar veloz como un delfín o, en fin, ser menos consciente de uno mismo y de la certeza de la propia muerte como lo son los otros animales. ...
Los therians (¡están de moda!) son una subcultura de seres humanos, sobre todo jóvenes, que sienten una identificación especial con un animal no humano. Los hay que conectan con los gatos, otros con los osos, otros con los zorritos. No es tan novedoso: algunas tradiciones espirituales adjudican a las personas un animal tótem o animal de poder que hace de guía o emblema sagrado. De toda la vida tengo una buena amiga que siente una especial afinidad con los caballos (y otra que, por cierto, dice ser meiga). Si yo fuera therian elegiría el mapache: qué bicho tan raro. Comparto sus ojeras.
En los últimos días se ha levantado una inopinada polvareda en torno a esta corriente minoritaria, porque algunos de sus miembros decidieron reunirse en algunas plazas. En la Puerta del Sol de Madrid, en el Arc de Triompf de Barcelona, por ejemplo, en muchos sitios más. La repercusión de estos eventos minúsculos se ha ido de madre en redes sociales.







