El viejo recato burgués de las novelas del XIX, base del antisemitismo del XX, se renueva en formato digital pero con la misma agresividad

He aprendido estos días que los therians son chavales a los que les gusta disfrazarse de animales. He aprendido también, gracias a

ltras-para-cebar-su-discurso-anti-woke.html" data-link-track-dtm="">un reportaje de Paola Mendoza y Ángel Munárriz, que su existencia, hasta ayer secreta, fue aventada primero por agitadores ultras argentinos, hasta que millones de personas los señalaron como otro sello que se rompe en el apocalipsis de la civilización. Figúrense: gente que se cree perro, el final de la especie, la degradación última de lo woke, el lodo cultural al que nos ha llevado todo este libertinaje sexual. También he visto a miles de garrulos burlándose de una niña de 15 años que acudió a la Puerta del Sol con la ilusión de encontrarse con otros therians y se quedó atrapada en una red de teléfonos móviles y acosadores, la plaza convertida en un patio de colegio superpoblado de matones.

La pobre niña aguantando el tipo ante una masa de desalmados me desgarró. Era una alegoría perfecta de la soledad y la crueldad de un mundo radicalmente intolerante y violento. Entiendo los mecanismos de la agitación y la propaganda, y cómo los agentes provocadores usan una subcultura minoritaria para azuzar el odio, pero la jugada no les saldría tan redonda si el balón no rodase sobre un suelo muy bien abonado. No hay ningún propagandista bulero tan poderoso como para despertar una agresividad tan unánime hacia críos indefensos. Tan solo están recogiendo la cosecha que muchos otros sembraron hace años.