Escribió Simone Weil que quien no ve un cristal no sabe que no lo ve; y quien lo mira desde el otro lado no sabe que la otra persona no lo está viendo. Así funciona el pacto masculino de poder: quienes lo forman no ven la estructura que los protege porque han aprendido a llamarla normalidad, camaradería, en fin, política real. Quienes la señalamos parecemos exageradas o desubicadas, pero el cristal está ahí, sólo hay que cambiar de lugar para verlo. Los audios de Ábalos y Koldo no escandalizan por inesperados sino por previsibles. Cualquiera que haya observado de cerca cómo se tejen los pactos de poder en los partidos sabe bien que lo que escuchamos no es un exceso aislado, sino la expresión de una red de favores entre hombres, un club cerrado de poder masculino que se protege a sí mismo a costa de todo lo demás, también de las mujeres. El escándalo no es solo lo que dicen sino desde dónde lo dicen, esa hermandad informal que opera entre bambalinas, donde el prestigio y la pertenencia se validan con gestos como este: hablar de mujeres como quien repasa la carta del menú o una colección de cromos. Es una escena vieja, reconocible y repetida: el poder masculino no necesita justificar su violencia cuando se ejerce entre colegas.
Los sótanos del poder
Pese a que presuman de feministas, los partidos se siguen sustentando en códigos de masculinidad compartidos que excluyen y cosifican a las mujeres






