Las mujeres caucásicas deben reconocer su posición en la jerarquía colonial y entender que la raza no es un tema más, sino la base de una modernidad que las beneficia

Acabamos de vivir otro 8-M, así que hemos leído y escuchado la palabra interseccionalidad en todos lados. Devenida en muletilla política, desde hace tiempo asistimos a una suerte de redefinición política de este concepto, producto de la manipulación del feminismo hegemónico que lo ha terminado convirtiendo en un arma de lucha para sus privilegios de mujeres blancas, vaciándolo de su contenido original y despojándolo de su significado e historia....

Por estas fechas, es común que el término aparezca en un sinfín de manifiestos, afiches, declaraciones, convocatorias y eslóganes, forme parte de documentos institucionales y se utilice a modo de validación en campañas de comunicación. Dicho de otro modo, este concepto se ha convertido en un “sello de calidad”, o lavado de cara, para el activismo feminista blanco.

Y es también común que se realicen congresos, conferencias, talleres y cursos sobre interseccionalidad, o que se publiciten eventos utilizando este concepto. Sin embargo, también es habitual que en los equipos que diseñan y organizan estas actividades no se incluya la participación de ninguna mujer negra, ni perteneciente a otra comunidad/pueblo racializado, o que su participación quede relegada a un papel meramente estético y superficial: 20 minutos para dar una charla en un marco de discursos mayoritariamente blancos, o un afiche publicitario con su imagen. En otras palabras, un concepto que surgió del feminismo negro para describir la vivencia de la opresión cuando está presente el eje de la raza se ha terminado utilizando en prácticas que reproducen precisamente racismo y colonialismo.