Repita conmigo, una caña es un vaso de pequeño formato —entre los 200 y 250 ml— donde disfrutar de una cerveza servida de barril. Así se ha conocido en Madrid desde tiempo inmemorial. Aunque hoy, muchos lugares llaman cañas a dobles, copas o hasta tubos. Parece que la terminología ha virado, y con ella ha llegado su casi desaparición, por aquello de servir un poquito más y cobrar bastante más. Las cañas, como las medias raciones, los canapés o las tapas “gratis”, no gustan a una amplia mayoría de la hostelería madrileña. Lo siento, es así. Hoy resulta complicado encontrar cañas en según qué barrios, y ya no hablemos de las terrazas, donde parecen extinguidas por completo. Como en muchas de sus barras, en las que ya es imposible detenerse, de pie, al vuelo, sin reserva, sin sentarse, y pedir una.Es absurdo, pero está pasando. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, visitó hace un mes la fábrica de Mahou. Ahí la vimos sirviendo cervezas, que no cañas, en copas, y bebiendo de otro vaso, que tampoco era el canónico de caña. Es triste comprobar cómo un formato que siempre ha funcionado, por la frescura y rapidez con la que se consumía, y que jugaba con la idea de ofrecer una bebida relativamente económica, capaz de calmar la sed, hoy apenas se encuentra en muchos bares, tabernas y tascas. Lo de los restaurantes y las cañas, olvidémoslo. Nos queda su uso como vaso para el café con leche. Algo es algo.Si se repasa un poco de literatura madrileña, veremos cómo el término caña ya formaba parte de nuestro ADN, de sus cervecerías, mayormente. Ahí estaban Santa Bárbara, Fass, las diferentes localizaciones de la Cruz Blanca o, por supuesto, la legendaria Cervecería Alemana, sita en la plaza de Santa Ana. Recordaba el periodista chileno Luis Enrique Delano en sus memorias sobre Madrid, ciudad que visitó durante el final de la República y los años de la Guerra Civil, que las cañas eran, mayormente, rubias, valían 35 céntimos y se servían con un platillo de maní. Escribía Francisco Umbral, en la que fue su primera novela, Travesía de Madrid, publicada en 1966, que “cualquier reducto alegre, cualquier rinconcito con sol es bueno para amurallarse contra la idea de la muerte, para salvarse eternamente por unas horas mientras dura la caña de cerveza, que al final está caliente y dulzorra y hay que dejarla en el vaso”.Umbral, que había regresado a Madrid en 1961 como corresponsal de El Norte de Castilla, y que recorría la ciudad en Vespa, de aguaducho en aguaducho, sabía que la caña era lo más popular del mundo. Sus porteros se dejan caer por el barrio de Salamanca y toman “cañas de cerveza con los criados y los mecánicos de casa grande que bajan, uniformados y elegantones”. Es en esa década, ya casi terminada, cuando Ignacio Aldecoa sitúa a los personajes de Los pájaros de Baden-Baden, su particular retrato de aquel caluroso Madrid, con el Manzanares, “paralizado y submarino”, asomando su lomo plateado. Ellos, Pablo y Elisa, protagonistas que flirtean en los tiempos previos a Tinder, toman cerveza “desagradablemente tibia” —se entiende que cañas— con cangrejos, en veladores de mármol. Terrazas que, en verano, miran hacia la Casa de Campo.Un escritor que sabía mucho de esto, Rafael Chirbes —escribió durante décadas para la revista de gastronomía Sobremesa—, nos recuerda que hasta los franceses tienen su propia caña, que llaman dèmi. Lo recordaba en un libro notable, recopilación de andanzas por el mundo, con un título bellísimo, El viajero sedentario. “El bar era en Madrid una excusa, una justificación, una metáfora. Al bar se iba sin más”, cuenta Antonio Gómez Rufo en su historia de Madrid, que conecta la capital con la vida en sus bares, cañas mediante.Los personajes de la madrileñísima Almudena Grandes también se van de cañas, brindan y alternan en muchas de sus novelas, que suelen tener como escenario los barrios del centro de la capital, donde vivió. Si avanzamos hasta el presente más inmediato, la costumbre de salir a tomar unas cañas continúa. Así lo cuenta Elena Medel en su recomendable Las Maravillas, historia sobre el dinero en la que no se celebra con champagne o vino, sino con cañas; o Sabina Urraca que además de acodarse en las barras de Lavapiés, como la desaparecida La Inquilina, viaja hasta los tiempos del 11M en Soñó con la chica que robaba un caballo para beber “cañas sin gas” junto a Stuart Murdoch, “una figurita dorada que venerar”.Recuerdo los bares del Paseo de Extremadura, el barrio donde nací y pasé mi adolescencia, y sus cañas heladas. Allí estaban, y en sus calles aledañas, pegadas al mercado del Alto de Extremadura, la cervecería García, el Arias, el Cachirulo, La Gloria, el Romar, el Alcubilla, Los Arcos, El Cordobés —en cuyo letrero podía leerse “Casa fundada en 1967”—, La Villa, Las Damas, La Jara. Hoy ya no queda nada de aquellos locales, tampoco de sus cañas, que desaparecieron con ellos.Mientras tanto, reabren lugares que fueron míticos, pero con los modos del presente, recordándonos que una caña ya no es una caña. En Los Gabrieles, la taberna rescatada del Madrid más lumpen de la calle Echegaray, se sirven supuestas cañas de 330 ml a 4,50 euros. Lo mismo ocurre en el Café Gijón de Manuel Vicent, donde no sirven cañas, sino copas. A pesar de todo, ellos lo llaman caña; así aparece, incluso, si se pide un ticket. ¿Y qué nos queda? Aún es posible beber cañas en Madrid, en la mayoría de sus barrios, también en el centro, en bares de viejo, como el Rocablanca o el Peñacruz; en marisquerías de siempre, como El Fide o El Doble; o en casas que mantienen la esencia de un Madrid pretérito, como los dos Alfaro, en Lavapiés, o La Mancha, que sigue siendo el sitio donde muchos aprendimos a ver cómo se tiraban bien las cañas.