Mi Ítaca desaparecerá con la crisis climática antes de que yo llegue allí

Mi Ítaca es una casa azul en lo alto de una pequeña colina donde mi abuela da de comer a sus gallinas, atiende un huerto y vigila una empanada de xoubas en su horno de leña, frotándose las manos y limpiándoselas con el mandil. Está cercada por muros de piedra tapizados de musgo de los que salen las lagartijas y racimos de dedaleras púrpuras llenas de pecas. Detrás de los muros hay fincas de berza, maíz y patata. Más abajo está la iglesia donde están enterrados mis muertos, con un cruceiro y una fuente por la que baja agua limpia y fría de manantial.

Si subes al tejado puedes ver que en todas direcciones irradian suaves colinas onduladas cubiertas de pasto, alternadas aquí y allí por bosques de roble y castaño, pino y eucalipto, asfaltados de brezo, xestas y toxos. Cuando subes por uno de sus caminos enmarcados de zarzamora puedes encontrarte zorros, jabalíes y tejones, petirrojos, mirlos y busardos y, a partir de la noche de Todos los Santos, el milano real. Los jueves llega la pesca con su carga de jurel, merluza y rodaballo; los lunes llega el panadero con sus bollas, empanadas y, si hay fiestas, roscón.

Desde niña he soñado con pasar los últimos años de mi vida en esa casa. Es el paraíso de mi infancia; mi Walden, mi Tinker Creek, mi Blackwater Pond. Y el otro día, mientras trataba de entender qué aportan los modelos y aplicaciones de inteligencia artificial a nuestra habilidad de combatir los incendios, me di cuenta de que nunca llegaré a mi cabaña del bosque. Que mi Ítaca desaparecerá con la crisis climática antes de que yo llegue allí.