Cuando vives a dos manzanas de un parque nacional, como es mi caso, el monte no es algo lejano a preservar de forma abstracta. Era una urbanita irredenta cuando, hace más de 30 años, me hice socia de Greenpeace, porque había una naturaleza amenazada, allí lejos, que mi racionalidad quería proteger.

Hace algunos años, eso cambió. Ahora el monte es mío, no en el sentido de aquella antigua campaña oficial: “Cuando el monte se quema, algo suyo se quema”, decía con ese usted hoy en desuso.