La carretera que serpentea hacia Deià tiene algo de descompresor psicogeográfico. A un lado, la severidad vertical de la sierra de Tramuntana, las nubes bajas nublando la cima; al otro, el Mediterráneo cegado por la blanca luz del sol. Sí, se trata del mismo territorio que la opulencia global ha convertido en postal de postureo rústico, colonizando los viejos oficios mallorquines y transformando la piedra en fetiche para fortunas nómadas. Esa inercia del consumo voraz se interrumpe sin embargo nada más pisar Son Rullán. Ni rastro aquí del minimalismo clínico ni del horror vacui que satura las páginas del interiorismo burgués contemporáneo. Lo que emerge encaramado a un risco con vistas infinitas es una estructura que vibra con la mística severa de un monasterio y la fluidez de un taller textil. Tal es el lugar que habita Sybilla Sorondo (Nueva York, 62 años), la creadora que desdeñó los ritmos histéricos de las capitales de la moda para someterse a una disciplina mucho más exigente: la de un espacio vivo que rechaza ser modelado como si fuera tela.“Quizá lo ambicioso fue atreverme a soñar que lo que imaginé de Son Rullán pueda llegar a hacerse realidad algún día”, concede la diseñadora, desarmando de primeras cualquier pretensión de obra cumbre o manifiesto estético cerrado. Para Sybilla, esta posesión rural —en sus manos desde 1993— no es un trofeo inmobiliario, sino un pulso de tres décadas contra su propia impaciencia. “Han sido 30 años creando una visión que parecía imposible. En todo este tiempo, he aprendido mucho, y he tenido que controlar la frustración. La casa tiene una personalidad propia y mucha historia. Me produce demasiado respeto”, confiesa. Exento de la complacencia típica de las celebridades retiradas del mundanal ruido, su discurso es el de la rehabilitación arquitectónica como ejercicio de autocrítica y madurez. No es la diseñadora interviniendo en el paisaje; es el paisaje fracturando el ego de la diseñadora. “Creo que vi en ella un reflejo de mí misma casi de inmediato. El empeño de irla domesticando se parecía a mi propio ejercicio de domesticación interna, de disciplina, de abrirme a los demás, aceptarme con mis imperfecciones, desarrollar paciencia, persistencia y flexibilidad, entendiendo que el proceso es más importante que el resultado”, continúa.Esa domesticación tiene raíces que conectan directamente con la biografía de una mujer que fascinó al sistema de la moda internacional partiendo de una formación intuitiva y fragmentaria. Son Rullán se convirtió en la universidad que nunca tuvo. Un contenedor de conocimiento donde la permacultura, la bioconstrucción y el diseño regenerativo desplazaron la tiranía de las tendencias. La maternidad y la urgencia de pensar en el futuro comunitario la empujaron a transformar la finca en un laboratorio de utopías tangibles, en el que la estética es indisociable de la ética. “Esta casa ha sido, en muchos sentidos, un trabajo enorme para el que no tenía medios ni conocimientos, igual que con mi profesión”, admite, antes de apostillar: “Pero en el camino han ido apareciendo milagros: amigos, voluntarios, socios y equipos que, como me ocurrió en la moda, han ayudado a dar sentido al proyecto”.Hay una verdad histórica latente bajo las piedras de la finca que explica esta vibración eremita. El edificio original, del siglo XIV, hunde sus cimientos en las tierras que Jaime I de Aragón otorgó a los templarios tras la conquista de Mallorca, en 1229. Allí donde los monjes-guerreros perfeccionaron los bancales y la explotación del olivar como una maquinaria de economía militar frente a las razias de la piratería berberisca, se consolidaría una comunidad de ermitaños vinculados a la Orden de San Jerónimo y a las corrientes de san Pablo y san Antonio. Menuda ironía, la misma orden que diseñó la contabilidad moderna y las redes financieras de Occidente habitando un espacio bajo un estricto voto de austeridad y renuncia material. Siglos después, tras haber servido como discreto búnker de la vanguardia intelectual y musical neoyorquina en la década de 1960, repite su ciclo: una mujer que reinó en la cúspide del consumo suntuario de masas se atrinchera hoy en una estructura ideada para disolver el ego y colectivizar la tierra.Con todo, el drama de la Mallorca contemporánea es que la honestidad material que Sybilla lleva defendiendo hace tres décadas ha sido fagocitada por las grandes fortunas y convertida en código de estatus que expulsa a los locales y colapsa las listas de espera de los artesanos. Frente a este simulacro de autenticidad, la diseñadora desmitifica su propia obra con un desapego casi subversivo: “Si hiciera una casa desde cero quizá sería muy distinta”. No hay nostalgia burguesa en sus palabras; si acaso, una apuesta por las estructuras vivas y las redes de apoyo mutuo —véase su implicación activa en la Alianza Mar i Terra o el proyecto Regenera Deià— que buscan devolver la soberanía territorial a una isla devorada por la especulación. De ahí que haya establecido diálogos pioneros con la artesanía local: su colaboración con firmas como Huguet, para la que diseñó la primera baldosa moderna de cemento cuando el sector languidecía, o sus piezas de cristal soplado ya irreproducibles por el cierre de las fábricas tradicionales, demuestran que su implicación con el territorio no es idílica, sino estructural.Al observar los interiores de Son Rullán, donde la luz del este y el oeste funciona como el principal ornamento, resulta inevitable trazar un puente con la maestría tridimensional de sus emblemáticas prendas. En el patronaje de Sybilla, el aire entre tejido y cuerpo siempre ha sido el genuino material de trabajo. En su casa, el vacío opera de la misma manera: no es desolación, sino una conquista espacial que protege al habitante de las interferencias del mundo exterior. El vacío diseñado no para parecer ausencia, sino libertad.“Al principio quería llenarlo todo, crear mosaicos, traer mis tesoros acumulados durante años de búsqueda, hacer piezas especiales, pero al final me he dado cuenta de que no lo necesitaba. La falta de medios fue siempre un límite que me protegió de mis propias extravagancias”, valora. Es el triunfo de la sensualidad táctil sobre el exhibicionismo material: “Es una casa que invita al revolcón y a la siesta, a sentarte frente al fuego o a acurrucarte junto a una ventana con un libro. Aquí puedes disfrutar lo mismo la soledad que la compañía. Todo está pensado para crear momentos de encuentro”.Esa búsqueda constante del encuentro se materializa en la cocina, estancia que la mitología oral de la isla sitúa como el corazón de la vivienda. Mientras el negocio del vestir exige una velocidad deshumanizante, Sybilla encuentra la lucidez en los gestos más ancestrales y domésticos. “Sin duda, la reunión es el motor de mi interiorismo. Y la cocina es donde más me gusta tener reuniones de trabajo, no solo en Mallorca. Es como si pensara mejor picando cebolla y entre los aromas de las cazuelas. De alguna manera, eso aligera la complejidad y las presiones de mi profesión, me permite sentir que cuido, y me cuido, en medio del trabajo de locos diario”. Esa dualidad entre el ágora vibrante y la clausura monacal confiere al lugar una cualidad terapéutica que atrae a creadores y pensadores en momentos de fractura existencial. “La energía de Son Rullán es fuerte, se mueven muchas cosas dentro, aparecen ideas y nuevas perspectivas. A menudo viene gente en periodos de cambio, a reinventarse, a tomar distancia antes de comenzar un nuevo capítulo. Podría decir que esa es la principal función de esta casa”, explica.La coreografía de Son Rullán resulta por eso mutante, un escenario cambiante que desafía las dinámicas rígidas de una vivienda convencional. “Esto es un teatro que estrena función constantemente”, dice la propietaria. “A veces es un centro de diseño y lo que era la sala de yoga se convierte en cuarto de pruebas, lleno de ropa y prototipos. Y una semana después puede ser un lugar de fiesta, un retiro zen o el think tank de una empresa. Lo más divertido es cuando se juntan distintos mundos y todos se encuentran en la cocina. Esas convivencias y las noches frente al fuego son los momentos mágicos”. Semejante hibridación de disciplinas y perfiles es la que nutre su nuevo proyecto en Madrid, la galería Plaza del Gato, en la calle del Noviciado, un espacio donde el activismo agrario, la salud, la artesanía y el pensamiento se funden en una comunidad urbana que replica los retiros, cursos y talleres de la Tramuntana. Es el intento definitivo de integrar sus vidas paralelas, diluyendo las fronteras entre la costura de alta exigencia y la pedagogía social.Cuando se le interroga sobre el colapso ecológico y la turistificación que sufre el archipiélago, o sobre el impacto ético de la moda rápida frente a la exclusividad de su refugio, Sybilla opta por un tan elocuente como seco “prefiero no contestar”, trazando una línea roja que protege su zona de intimidad de la dialéctica del consumo inmediato. Pero su lucidez reaparece con fuerza al hablar de la escala y la geografía: “Tenemos que aceptar los límites aunque duela, sino es una locura que lleva a la destrucción. Empezando por el agua. La isla es un territorio pequeño sometido a grandes presiones, hay que buscar alternativas”. Frente a esa dimensión finita, el acto de cuidar la tierra se equipara al rigor técnico que la encumbró en su oficio: “Podar bien un olivo es un arte difícil y delicado, hay que aprender de los maestros. Resulta tan difícil y valioso como la costura o el patronaje, con la diferencia de que estás actuando sobre un ser vivo. Trabajando en la moda tenía que hacer piruetas para conseguir los medios para poder crear lo que imaginaba. Aquí las hago para tener presupuesto para poder cuidar los árboles como se merecen”.Desvinculada de la tiranía del calendario oficial de la moda y entregada al formato efímero e itinerante de las tiendas pop-up (un modelo de guerrilla diseñado tanto por supervivencia empresarial como por el placer de “aparecer, emocionar y desaparecer”), la diseñadora contempla su casa como el testamento definitivo de su paso por el mundo. “La Sybilla de Son Rullán me atrapa cada vez que cruzo la puerta. Es como una ola que me lleva. Creo que aquí sale mi parte más auténtica, la que conecta con la niña que fui. Me ha ayudado a mantener la cordura, siendo a la vez una auténtica locura. Y me conecta con la tierra, con lo real. Quizá esa sea su mejor medicina”, concluye. Si esta finca fuera su última colección, el patrón final estaría claro: “Dejaría constancia de que la belleza alimenta el alma, las personas con las que compartes el camino son siempre más importantes que la meta, y que no hay duda de que los sueños pueden llegar a hacerse realidad”.
El escondite de Sybilla en Mallorca: “Esta casa me ha ayudado a mantener la cordura, siendo a la vez una auténtica locura”
De la arquitectura del ensimismamiento a la domesticación del vacío. En Son Rullán, su refugio mallorquín en Deià, la diseñadora convierte el interiorismo en un laboratorio de utopías tangibles, lugar de encuentro y trinchera comunitaria.






