Los abanicos blancos agitan el bochorno poco habitual de la calle como palomas espídicas. Suenan las persianas de los comercios que cierran a mediodía para comer. Las voces de los niños que vuelven del campamento de verano se hunden en el aire denso. En la terraza del Ongi Etorri llevan ya horas apareciendo cafés y vermús —con mucho hielo—, las gildas de siempre. También dentro, donde ahora Iker saluda a las cuatro u cinco mujeres de setenta y tantos que, cada día, se encuentran aquí para tomar el aperitivo. Las saluda por su nombre, supongo, porque no alcanzo a oírlo, pero ellas responden con la confianza de quien vuelve a una mesa común, donde cada una sabe dónde sentarse y lo que le van a servir.Iker no necesita que le pidas el zurito en copa. Le gusta contar que fueron los primeros en servirlo directamente así en Eibar, en este pueblo vasco que parece un arañazo abierto entre las montañas. La frase contiene una historia mínima de modernidad local y de defensa de una medida que en otros lugares está en peligro de extinción. Quizá, al principio, a algunas de estas eibarresas bien peinadas les hubiese parecido una extravagancia del heredero del local de sus padres, Fernando y Justina, los Iturricastillo. Ahora la han adoptado porque saben que, en realidad, todo queda mejor en copa de vino.Iker comanda primero las croquetas de jamón caseras de los dos niños de la mesa de al lado. Comen con su amama y su aitxitxa, esa institución decisiva de la crianza estival, y tienen prisa porque uno de sus nietos tiene cita con el dentista. Es una información que Iker conoce, procesa y transforma en órdenes a cocina. Inmediatamente después saldrá la ensalada mixta para los mayores. Los buenos lugares se encargan de saber todo esto y de adaptarse a las circunstancias.Lee tambiénSé que detrás de la apariencia modesta de este bar-restaurante de toda la vida —también de la mía— hay una buena bodega y que Iker, el de las ocho manos, los diez oídos y los veinte ojos, es experto sumiller. Cuando le pregunto por burbujas, me dice que no me líe, que pida el cava: si después queremos una segunda botella nos saldrá a cuenta. Sé que tiene razón y que está impidiendo que cometa una tontería. Caerán dos botellas y después una tercera, un espumoso alemán cuyo nombre había dejado caer antes, sin venderlo, por si alguna vez nos apetecía probar algo distinto. La ocasión, sin haberlo previsto, era esta, un mediodía cualquiera en buena compañía en el pueblo en el que nací y que apenas visito: el primero donde se izó la bandera republicana, el de las bicicletas Orbea y BH, las máquinas de coser Alfa, las escopetas AYA y el goleador Oyarzabal. Nadie dirá que es un pueblo bonito, pero tampoco faltará quien alabe su poderosa energía.Un buen barDavid TriviñoCuando pido una hamburguesa para el niño, Iker no espera a que yo pronuncie esa explicación larga, algo humillante, con la que madres y padres intentamos justificar que nuestros hijos todavía consideren la cebolla una forma de agresión. Pregunta sin rodeos:—¿Qué le quitamos?Y a continuación enumera los ingredientes. Elimino dos de la ecuación. Me dan ganas de abrazarlo: me ha ahorrado el ruego, la negociación, la sensación de que la cocina nos concede un indulto excepcional por retirar una rodaja de lo que sea que lleve.Mientras, mi hija intenta pinchar con el tenedor un trozo de croqueta que también Iker ha tenido la deferencia —la inteligencia— de servir antes. En la maniobra, la niña tira las cartas con las que está jugando al suelo. Iker se agacha y las recoge antes de que yo reaccione. Entonces le pregunto si es padre. Él ríe.—“Mis hijos son todos los que vienen al bar”.Desaparece tras la barra llena de pintxos sin hacer de nada un acontecimiento ni un problema, como si recoger cartas, anticipar croquetas, modificar hamburguesas, calcular botellas, recordar dentistas y saludar a mujeres septuagenarias por su nombre fueran la misma tarea y solo suya.Durante las vacaciones —esas que, dicen, existen— trabajamos con los niñes pegados al pecho, al cuello, a la espalda, a las piernas. Comer fuera es una forma de oxígeno pero no suspende nada: ni el trabajo, ni la vigilancia, ni la culpa. Intentamos atenderlos, terminar una frase —adulta—, beber algo que todavía esté frío y sentir, aunque sea por un rato, que no estamos haciéndolo todo mal en un mundo cada vez menos sensible a la presencia de esos seres salidos de nuestra suma. Pueden estar siempre y cuando nadie note que están —necesidad que, admitámoslo, a veces también tenemos sus progenitores—. Los convertimos en esos ‘niños-cosa’ que bien define el filósofo Santiago Gerchunoff.Aquí no. Este bar es uno de esos que “fortalecen las relaciones humanas”, que “no dispensan únicamente bebida y comida”, como diría Carles Armengol. Un bar bueno. Un buen bar.Ongi Etorri significa ‘bienvenido’ en euskera. Iker se toma en serio su nombre.