A este establecimiento acuden a comer trabajadores de la zona en un barrio donde el comercio tradicional se ha convertido en una especie en vías de extinción

Su rostro transmite armonía. Ojos claros, tez despejada y una leve sonrisa que enseguida ilumina una barra repleta de tentempiés. Su tono afable, pero en todo momento claro y directo, no esconde su filiación bilbaina. Inmaculada Lanza está en “fase de dar el relevo”, es su hijo Pablo quien se encarga de casi todo, “ahora está detrás de la barra”, señala mientras se abre paso entre la concurrencia. Sin embargo, quién mejor...

que ella para hablar de la historia de Jurucha, de su marido —Jose María de la Viesca, el encargado de dinamizar el bar en las décadas pasadas—, de su suegra —Carmen Gómez-Martinho, la que cambiaba y ajustaba recetas a su gusto— y de sus legendarios pinchos.

Jurucha (Ayala, 19, Madrid) es el último bar con pedigrí —con permiso del restaurante O’Caldiño— que sobrevive en el barrio de Salamanca, donde el comercio tradicional se ha convertido en una especie en vías de extinción. Si se da un paseo por sus calles lo que más llama la atención es la increíble cantidad de boutiques de moda que hay por metro cuadrado. A cual más cara y distinguida. “Esto antes no era así. Ha cambiado muy rápido en el último lustro”, se sincera la todavía jefa de todo. “El barrio entonces era un barrio de tiendas de siempre: mercerías, ferreterías, fruterías, sastrerías. Había mucho comercio pequeño. El señor que nos ha saludado antes tenía una tienda de ultramarinos aquí enfrente; se jubiló y ahora es una tienda de gafas”.