El negocio, fundado en 1969 a un paso del casco histórico de la ciudad malagueña, repasa la cocina tradicional andaluza en formato tapeo en un ambiente siempre festivo e informal
Gema Moro, de 49 años, se asoma a la puerta con una mezcla de curiosidad y paciencia. Afuera, una pareja japonesa la mira con ilusión antes de preguntar en inglés cuánto queda para que puedan entrar. “Eso quisiera yo saber: estamos full”, les responde medio en español y los asiáticos imploran una traducción. Tras ellos, en la cola, hay dos chicas indias y un grupo de jóvenes británicos, que se interesan por la conversación a la espera de su momento y un traductor. Todos tienen las expectativas altas porque han leído y escuchado mucho sobre El Lechuguita, un clásico entre los bares de
om/noticias/ronda/" rel="" data-link-track-dtm="">Ronda (Málaga, 33.671 habitantes). Les da igual esperar porque ya saben que después podrán disfrutar de un delicioso serranito o un singular bollito de pringá. Y porque, cuentan, ya imaginaban que habría atasco para entrar a pesar de que apenas es la una de la tarde.
Dentro no cabe un alma. Cervezas y vinos van de aquí para allá entre paredes con fotos antiguas de Ronda, viejos billetes de peseta, carteles de la romería de la Virgen de la Cabeza o anuncios históricos de Tío Pepe entre los que brilla un Solete Repsol. No hay un espacio libre en el establecimiento, que ocupa un minúsculo rincón cerca del casco histórico rondeño. Nació en el año 1969 cuando Agustín Mora, al que todos conocían como Moreno, quiso probar suerte con la hostelería tras emigrar a Alemania y trabajar en una finca agrícola local tras su retorno a casa. Gestionaba el bar —llamado entonces Casa Moreno— junto a su mujer, Pilar Ausejo, tudelana a la que había conocido por carta. Él se acercaba cada día a la plaza de abastos y compraba baratos los descartes que vendían las pescaderías. O se hacía con algún puñado de espárragos que algún conocido recogía. Ella empezó a preparar tapas, que atrajeron a la clientela. Fue el punto de partida que se alargó hasta los años 90, cuando todo se dirigía al cierre por jubilación. Entonces su hijo, Agustín Mora, recién llegado de la mili, decidió continuar el negocio familiar. Lo conocía al dedillo: allí se había criado cobrando los botellines de Cruzcampo a 35 pesetas o copas de Tío Pepe a 20 duros, cuentas que su padre apuntaba a lápiz en la barra de formica.






