La sed no siempre avisa a tiempo. Durante una ola de calor podemos estar perdiendo agua y sales a través del sudor antes de notar una necesidad clara de beber, algo especialmente frecuente en las personas mayores. Esperar a tener la boca seca para llenar un vaso suele ser llegar tarde.
El calor intenso obliga al organismo a trabajar más para mantener una temperatura estable. Si la reposición de líquidos no acompaña esas pérdidas, pueden aparecer cansancio, dolor de cabeza, mareo, calambres o una orina más escasa y oscura. La comida también influye: un menú muy abundante, graso o acompañado de alcohol se lleva peor cuando el cuerpo ya está intentando disipar calor.
La respuesta práctica consiste en beber de forma regular, repartir mejor las comidas y escoger alimentos que aporten agua y nutrientes sin dejar una digestión pesada. Eso no significa alimentarse únicamente de sandía, gazpacho y ensaladas, ni recurrir por sistema a bebidas isotónicas. El cuerpo sigue necesitando proteínas, hidratos de carbono, grasas saludables y una dieta suficientemente variada.
Estas pautas sirven para organizar un día normal de altas temperaturas, pero no sustituyen las indicaciones médicas. Quienes tengan una restricción de líquidos, enfermedad renal avanzada, insuficiencia cardiaca o un tratamiento que pueda verse afectado por el calor deben seguir la cantidad y las medidas indicadas por su profesional sanitario.












