Las vacaciones han dejado de tener sentido y es necesario inventarse uno nuevoUnos turistas llegan a Benidorm (Alicante) el pasado 1 de julio. MORELL (EFE)A todas las personas que no quieren subirse en ningún tren de actividad estos días. A todas las que han pagado una fortuna por los billetes de avión a un paraíso muy lejano y se dan cuenta, ya en el aeropuerto, de que hay demasiadas maletas, demasiada gente, demasiada comida desperdiciada en las bandejas. A quienes sienten que nos organizamos cada vez mejor para dar una patada al planeta cada vez más fuerte. A quienes les duele el golpe. A los que llegan al destino todavía ilusionados y se encuentran en un rincón del Mediterráneo rodeados de cientos de tiendas idénticas cargadas de los mismos souvenirs de aeropuerto que acaban de dejar atrás. A los que no se rinden y buscan esa foto que justifique todo el esfuerzo y el gasto y las depilaciones y la crema solar protectora que nos recuerda que todo da cáncer, hasta el mismo sol, hasta respirar da cáncer. A quienes suben esa foto que confirma lo que más temían, que las vacaciones ya no sirven para descansar sino para demostrar que has descansado. También a quienes anuncian en Instagram que se cogen unos días, a quienes aseguran que la desconexión es el nuevo lujo e informan de sus escasos días libres de redes como si fueran trabajadores del scroll infinito, tal vez esclavos si es que nadie paga por su trabajo. A todas las poblaciones locales que no pueden alquilar una casa en su tierra porque algún veraneante pagará más por estar menos. A todos los que decidieron salir corriendo de sus ciudades y están parados en medio de no sé qué restaurante o no sé qué parking o no sé qué carretera porque el descanso en 2026 se choca con el muro de la logística. A todos los refugiados climáticos que ya no buscan dónde ir de vacaciones sino dónde queda una esquina para respirar. A mi amigo Rafa, que va a pasarse todo agosto esperando unos pulmones compatibles con una segunda oportunidad para vivir. A todas las personas a quienes la enfermedad les interrumpió la vida este verano. A quienes se enfrentan a un vacío difícil de llenar porque tienen un agujero que solo se puede tapar con un sentido que ya no encuentran. A quienes saben que el sentido a veces coge vacaciones. A todas las parejas que tuvieron la última discusión con este calor y a quienes aún no la han tenido pero la tendrán, a todos los que van a cumplir con la estadística del desamor estival. A aquellos que regresan al mismo mar de todos sus veranos para encontrarse con los niños que fueron en la orilla. Y a quienes se han dado cuenta de que el mar ya no es el mismo de aquellos veranos porque la temperatura ha subido como dos grados y el niño está febril y el mundo enfermo. A todos los que saben que cuando se interrumpe el sentido es obligatorio inventarse uno nuevo, una vida nueva, un verano nuevo. A los valientes que siguen intentándolo. A quienes se animan a tener una buena conversación debajo de un árbol o de una estrella porque saben que nada es tan fascinante ni da tanto miedo ni tanto placer ni nos lleva tan lejos como acercarse a otro ser humano. A los que se atrevieron a hacerlo un verano que aún recuerdan y volverán a hacerlo un verano más. A todos los que leyeron hasta aquí. Vuelvo en septiembre.Archivado EnOpiniónVeranoVacacionesDescansoSociedadCambio climáticoRelaciones humanas