Coches calcinados con gente dentro que trató de huir y no pudo. El incendio de Los Gallardos, en Almería es el incendio más mortífero en España en mucho tiempo, con al menos trece muertos y decenas de personas sin localizar. Una catástrofe prevista por la ciencia deja de ser natural: es un nuevo tipo de violencia climática que se cronifica. Ya en agosto de 2025 España ardió de punta a punta —con especial dureza en Galicia, y en Castilla y León—, con casi 400.000 hectáreas devastadas y al menos siete muertos evitables. Entre aquellas llamas, Pedro Sánchez anunció un Pacto de Estado frente a la emergencia climática: un “escudo para España”. “La historia no absolverá la inacción”, proclamó. Ahora, ante las cenizas de Los Gallardos y mientras arde como nunca la sierra de Guadalajara, se ha vuelto a sacar del cajón.
Pensamos sin remedio que el fuego solo pertenece al verano, pero las llamas se prenden antes, desde múltiples sitios y fórmulas. Entre ellos, un despacho desde el que, bajo la influencia de los lobbys, se prioriza fomentar sistemas industriales fósiles y obsoletos en vez de todas sus alternativas, estrategias públicas que facilitan la industria intensiva de carne barata en lugar de fomentar el pastoreo y la conservación de sistemas de alto valor ambiental, y en el poco o casi nulo acceso digno a la vivienda y a la tierra en la mayoría de los medios rurales del territorio, por no hablar de las condiciones laborales que envuelven a la mayoría de las personas que producen lo que comemos. ¿No son acaso estos incendios una traducción inmediata de un modelo abrasivo entregado a la producción y la especulación, que ha abandonado la vida y lo común?












