La suerte, el vino, la vida...
El vino, como la vida, reflexiona Sisseck, se vive hacia delante y se comprende hacia atrás. Tardas diez, quince, veinte años en entender las consecuencias de una decisión que tomaste tal vez en diez, quince, veinte segundos. Nunca acabas de elucidar cuánto hubo de suerte, de talento, de voluntad tuya o de otros en elecciones que empezaron siendo una intuición apenas. Hace treinta años que Pingus Sisseck optó por hacer su vino en un viñedo viejo en un buen sitio de la forma “más sencilla posible” para ponerle de nombre el suyo. Hoy concluye con la copa en la mano que “a veces he ido por la vida un poco a ciegas, pero tal vez ya pueda decir que aquella carta era la buena”. Y me dice que puedo probarlo –no oso comprarlo– mientras se va a saludar a Quim Vila. Lo cato y me alegro de que se quedara sin gasolina en Peñafiel.
¿Su Pingus cuesta más de lo que vale?
El otro día un cliente pidió una botella y luego otra; y otra...
¿La lotería? ¿Una estafa?








