Hace años que observo, como regla de vida, unos versos de mi poeta favorita, Marianne Moore, que dicen así: “Qué vulgar es la satisfacción, qué pura la alegría”. En el inglés original aún es más potente: “Satisfaction is a lowly thing, how pure a thing is joy”. Igual que la literatura te empuja a aprender los idiomas originales de tus escritores amados, toda disciplina busca una transparencia que pueda ser entendida y disfrutada por todos. Eso se aprende al mirar un cuadro de Rembrandt; de pronto entiendes la facilidad y la complejidad de una pincelada. Así fue el fútbol que desplegó España en su semifinal contra Francia. Rozó la perfección, pero, sobre todo, hizo entender a los que aún se resisten que puedes tener los mejores delanteros del mundo, pero sin nadie que filtre con inteligencia y precisión el balón, hasta la mejor estrella se convierte un leño flotando en un mar de aceite. Ya antes España, que mejoró en juego y armonía minuto a minuto de este Mundial, había empezado a enamorar. Porque jugar bien vertebra algo intangible, te ofrece incluso consuelo en la derrota, pero más aún, te gana el respeto de los ajenos y el interés de los escépticos. Tengo la sensación de que España mejoró a lo grande cuando introdujo entre los titulares a un lateral llamado Pedro Porro, que tras los esfuerzos más fatigosos suelta siempre una sonrisa que es contagiosa y limpia. Es la misma sonrisa que entre dientes sueltan chicos como Nico Williams, Lamine Yamal y, sobre todo, Pau Cubarsí, pero que ha sido la característica principal de toda esta selección. Era un equipo que sonreía y transmitía —y ahí quería yo llegar— alegría.Con el trabajado triunfo contra la Argentina de Messi desataron un fuego que se extendió desde cada casa y rincón por todas las calles del país. Era asombroso escuchar el rumor brutal de la celebración, que parecía venir de las tripas de un mapa invisible y vital. Este domingo de julio del 26 nos permitió, por una vez, saborear eso que se llama la alegría colectiva. Porque si la alegría ha de ser una actitud en cada cosa que emprendemos, la alegría colectiva es un estado de ánimo tan inusual y quebradizo que cuando lo palpas y lo disfrutas el cuerpo te pide que lo atesores para no olvidarlo jamás. El mito fundacional del nuevo fútbol español nació cuando un entrenador honesto y rocoso como Luis Aragonés decidió que era posible injertar al equipo nacional la extremada precisión de juego que estaba tejiendo por entonces el Barça de Xavi, Iniesta y, por supuesto, Messi. Anteriormente muchos jugadores y entrenadores superclase rozaron el desafío, pero la frustración nos llevaba a traicionar el estilo. Luis tomó la decisión de dejar fuera a una estrella que las fuerzas mediáticas, que no entienden de finura, exigían de titular indiscutible. Aquello le costaría la cabeza pese al triunfo final de su apuesta. El resto es historia. Incluso con las subidas y bajadas, los cambios de cara, y las aportaciones de tantos, España no ha perdido el gusto por jugar bien y ha pasado página de aquella tragicomedia de furias y balonazos arriba. Da gusto ver cómo incluso en equipos colegiales, aparecen chavales y chavalas que combinan rápido para eludir el encontronazo y dejan rodar la pelota con gracia. No hemos inventado nada, pero el equipo de Luis de la Fuente fue una orquesta, que pese a no contar con solistas de relumbrón, desde que salían a tocar provocaban, con motivo, la alegría colectiva.
Alegría colectiva por el triunfo de España
Jugar bien vertebra algo intangible, te ofrece incluso consuelo en la derrota, pero más aún, te gana el respeto de los ajenos y el interés de los escépticos













