No fingíamos que no existiera el hambre, sino que nos daba sencillamente igual. Eso es lo mejor: vivir pegado al suelo, rozando con la tripa el asfalto, pero ignorándolo; así es como mejor se vive y se deja vivir en este orgulloso chiringuito al aire libre que debería ser y a veces es España. España, sí; se me hinchan los dedos al escribirlo hoy que puedo, antes de que los de siempre vuelvan a quedarse con el orgullo, el significado y la palabra. Y hablando de chiringuitos, fue allí donde vi el partido; concretamente, en una heladería que hace esquina con el paseo marítimo de una ciudad costera valenciana. Fue divertido; supongo que recordaré esos largos 120 minutos en la noche de mi cuerpo, cuando sea vejete y me tiemblen las arrugas. PublicidadToda la ciudad estaba concentrada mucho más adelante de donde nosotros estábamos, en una pantalla gigante a unos 600 metros. Como no habíamos encontrado hueco y aquella noche nos creíamos demasiado señoritos para ver el fútbol de pie, nos metimos en la terraza de la heladería, donde sacaron una pantallita no muy grande para que vieran el fútbol los clientes habituales, los trabajadores y tres o cuatro mesas con turistas. Era impresionante otear el paseo marítimo porque no caminaba nadie; parecía una cicatriz en la columna, incluso una frontera abandonada. Todos iban en grupo, contentos y esperanzados, como si fueran a regalarnos algo por ganar el Mundial. Ya de chico lo preguntaba: ¿qué nos dan por que unos chavales millonarios consigan un trofeo? Pues euforia, niño Merino, que en este mundo tan ojeroso no está nada mal. Pero volvamos a la heladería, donde lo estábamos viendo. Fue divertidísimo porque nuestra televisión iba con seis o siete segundos de retraso respecto a la lejana pantalla gigante de la playa, que a su vez iba tres segundos por detrás de la de un bar que quedaba en la paralela del paseo, que de igual manera iba un pelín por detrás que el televisor de los chavales que estaban viendo la finalísima en la tercera planta del edificio de la heladería, que, tócate las palmas, no conseguía ir tan avanzado como el móvil de unos clientes marroquís que la veían a mi lado con una retransmisión en árabe: aquello era un chocho de predicciones atrasadas y felicitaciones a destiempo, de gritos lejanos cuyo significado tratábamos de descifrar – ¿gol de Argentina, tarjeta roja, penalti? –. Me sentía en un polvo larguísimo donde el orgasmo no llega, pero se intuye al fondo. Y eso mola: la euforia fue expansiva, consiguió colarse en muchos segundos. Por fin llegó el gol de Ferrán, que no vimos porque la pantalla de la heladería se congeló – la ausencia de un recuerdo será el mejor de los recuerdos –. Los compas marroquís, más majos que las pesetas, se reservaron la euforia anticipada por su retransmisión para celebrarlo con nosotros, pero el resto de la ciudad no fue tan considerada y les desbarató el plan, lo que provocó que los clientes y trabajadores nos reuniéramos ansiosos alrededor de su pantallita móvil para, ahora sí, cantarlo también como locos y fingir que la decimosexta repetición era en verdad un directo paralelo y mágico concebido solo para los de la heladería. Fue tanta la euforia, no lo olvidaré, que un cliente con una pulserita de un partido poco amigo de la inmigración besó con tal alegría a uno de los marroquís en la calva que le dejó el deforestado cogote plagado de babas.Y justo la euforia, cuyas cotas, no me hace falta explicarlo, alcanzaron una altura inenarrable tras el televisivamente desacompasado pitido final, es lo que me empuja hasta aquí; porque no la comprendo, porque es superior a la fuerza de las palabras y del entendimiento, del raciocinio y de unas tripas colectivas casi siempre vacías. Un parado, un paciente terminal, un puteado autónomo y hasta una viuda sintieron un empujón en la columna, que aquí llamamos euforia, igual de intenso que el del más imprudente de los aristócratas. La muerte nos iguala a los ricos, pero también la euforia, aunque lo segundo sea momentáneo y lo primero dure para siempre. Si esta vida fuera justa, sería al revés. Aunque quizá no tendría ninguna gracia: si durara veinticinco años, no podríamos diferenciar un orgasmo del mundo real, y vivir en una fantasía es una imprudencia que no nos podemos permitir.