Y, a pesar de todo, deberíamos considerarnos afortunados por vivir en este punto del mapa. Mientras en mi juventud había un anhelo de explorar mundo, hoy existe un repliegue al origen por la necesidad imperiosa de sentirse protegido. Incluso dentro de España, más aún de las grandes ciudades, hay un deseo de retorno, tal vez para restituir ese lazo con lo rural que un día se rompió. Y, a pesar de este ruido insufrible que perturba el sueño, deberíamos ser conscientes de ello y estar agradecidos, ser capaces de coser o de remendar lo que de cordialidad hay en unas relaciones diarias que pudieran acabar hechas jirones si nos dejamos llevar por el hedor de la vida pública. A pesar de todo, se convive, pero hay quienes sin escrúpulos están dispuestos a poner a prueba la paz social si con ello agarran un cacho de poder entre los dientes. Son los que dejan atrás cínicamente a los que fueron arrastrados por la dana sacudiéndose la responsabilidad; los que se olvidan, cuando en la tierra aún parece palpitar la amenaza del fuego, de la pobre gente que lo ha perdido todo, porque saben que convirtiendo la desgracia ajena en motivo de enfrentamiento rabioso eluden sus culpas.

Esta ola de indignidad ha ido creciendo sin respiro y hoy, este principio de curso, amenaza en el horizonte como un tsunami. Este septiembre recién inaugurado ha sido ejemplo de lo que nos espera: una gresca ensordecedora y estéril. Algo que en absoluto mejorará España, que no la preparará para los desafíos futuros: justo el ambiente donde suele brotar la discordia. Quien no lo vea está ciego o es un cínico. Somos un país con el suficiente bienestar como para asumir la protección de unos cuantos menores desamparados, hemos sido tradicionalmente generosos, pero, quién sabe, igual nos convencen para dejar de serlo.