Tal como están las cosas, quizá no sea ninguna exageración decir que vivimos en medio de la peste. Así en España como en el resto del mundo. No hace falta entretenerse con los ejemplos, levanten la cabeza. Ahí están los estragos de la corrupción, las humillaciones que padecen un día y otro los más frágiles, los espasmos de las guerras, la prepotencia de los poderosos. De pronto es como si habitáramos en las alcantarillas, como las ratas. Alrededor hay “una ciénaga siniestra”, “un lodazal apestoso”. En esas circunstancias hace ya mucho tiempo tomó la palabra el hombre del subsuelo y escribió sus memorias. Se publicaron en 1864, la narración la firmó Fiódor M. Dostoievski.

El tipo que habla explica que tiene 40 años, dice que es “un hombre enfermo”, “un hombre malvado”, “un hombre repulsivo”, confiesa que no ha llegado a nada, se presenta como charlatán, como un holgazán. Memorias del subsuelo (Alba) tiene dos partes. La primera es una suerte de perorata del apestado, y ahí cuenta su manera de ver las cosas. En la segunda se ocupa de una sucesión de episodios que vivió cuando tenía 24 años. Lo que pretende, al cabo, es mostrar la verdadera naturaleza de los humanos. Quiere deshacer algunos equívocos, no edulcorar las cosas.