Qué tendrá la felicidad ajena que es tan indigesta. No hablo de envidia, o no solo. Me refiero a esa efervescente reacción química que se da en nuestros adentros cuando alguien se exhibe ya no feliz, sino razonablemente satisfecho con sus elecciones vitales. Le pasó hace poco al jugador de la Real Sociedad Mikel Oyarzabal, que —por enésima vez, me chivan por pinganillo— tuvo que aclarar que no se plantea irse a jugar a otro sitio, porque es feliz viviendo a diez minutos de su familia y de sus amigos. “Como yo creo que la vida tiene que ser es que los momentos de disfrute los compartas con las personas que quieres”, dijo. Y esto, que incluso en dialecto futbolístico no merecía pasar de una palabra de ocho letras (obviedad), por lo visto es una cosa bastante intolerable. Al menos si se fía uno de las reacciones en X, donde se va a escribir ya triunfante para abrirle los ojos al vulgo borrico: “Conformarse es el veneno más peligroso. Que tus amigos vivan a media hora puede estar bien un rato, pero no puede condicionar tu vida. Oyarzabal se desperdicia como Neymar. En su caso hipoteca el talento por no salir de la burbuja, de esa vida kilómetro cero, de esa trampa”, le espetó uno de esos directores de sucursal de la verdad absoluta. Y aquí otra obviedad: hasta las formas más baratas de provocación —como esta, que cosechó la cantidad de reacciones buscada— llevan grapada una perversidad muy retorcida. Conformarse es el veneno más peligroso. Que tus amigos vivan a media hora puede estar bien un rato, pero no puede condicionar tu vida. Oyarzabal se desperdicia como Neymar. En su caso hipoteca el talento por no salir de la burbuja, de esa vida kilómetro cero, de esa trampa. https://t.co/fN8tX04NtA— Juan Diego Madueño (@juandimc) July 7, 2026
Estás siendo feliz mal: el privilegio del kilómetro cero
A santo de qué cometemos la osadía de decirle a nadie, pelotee o no un balón, que ahí no es














