Hay personas que aseguran que, en cuanto llega el calor, se alimentan solo de gazpacho, y que cocinar o comprar otra cosa es un esfuerzo innecesario. El gazpacho refresca, hidrata, se prepara rápido (o se compra) y está lleno de vitaminas. Todo esto lo convierte, en muchos sentidos, en el rey del verano. Pero cuando pasa de ser un primer plato o una bebida refrescante al principal alimento del día llegan los problemas.

Una necesidad convertida en placer

El gazpacho tiene raíces anteriores a la llegada del tomate a Europa desde América en el siglo XVI. Las versiones más antiguas, documentadas en Al-Ándalus y en la cocina rural andaluza, eran emulsiones de pan, aceite, ajo y vinagre que los trabajadores del campo tomaban como sustento energético rápido en las faenas durante verano. El tomate y el pimiento se incorporaron en los siglos XVII y XVIII y transformaron el plato en la preparación que hoy reconocemos. Lo que ha permanecido constante es su función: un aporte de energía e hidratación para los días de calor.

Un gazpacho bien hecho es un concentrado de los nutrientes más notables de la llamada dieta mediterránea. Por cada 100 ml (medio vaso) de gazpacho casero tenemos entre 30 y 50 kilocalorías (más, si se añade mayor cantidad de aceite), junto con vitamina C procedente del tomate y el pimiento (uno de los aportes más altos), el licopeno del tomate con efecto antioxidante y protector cardiovascular cuya biodisponibilidad aumenta con la trituración, la vitamina E y el ácido oleico del aceite de oliva virgen, potasio y en menor medida magnesio. El 90% del gazpacho es, en realidad, agua.